Por: Julio César Londoño

La lección del amigo de Borges

Definir es un lío. Requiere acuñar una frase exacta, tan flexible que abarque todas las variedades de una cierta especie, y tan rígida que excluya los elementos de especies similares. Definir “fríjol” sin que se nos cuelen en el plato legumbres como las arvejas, las habichuelas y los garbanzos, o circunscribir el color rojo y trazar las líneas que lo separan del rosado, el fucsia y el vino tinto, son empresas complejas. Acudir al físico y a la óptica no ayuda mucho. Nos dirán que el rojo es una vibración cuya longitud de onda oscila entre los 618 y los 780 mm, una precisión que carece del brillo del rojo bermellón y del erotismo del rojo carmesí.

Pienso en esto a raíz de la lectura, en el último número de la Revista de la Universidad de Antioquia, de un artículo sobre los 100 años del cisma causado por el orinal de Duchamp en 1917. Firmado por Ana Cristina Vélez, el artículo gira sobre la definición de la palabra “arte”, un sustantivo arisco siempre, pero imposible desde ese año, cuando Duchamp descubrió que había belleza artística en objetos que no salían de los talleres de los artistas; un orinal o un rin de bicicleta, e incluso en objetos inexistentes, en bocetos mentales como este: colgar en un cordel en una ventana un libro de geometría, digamos, para que el viento pase las páginas y el libro aprenda algunas cosas de la vida.

(No sé usted, pero yo encuentro plástico y poético este “Readymade desdichado”).

Proponer un orinal fue sin duda un acto provocador, una caricatura (el rin es claramente estético, tranquilo). Pero como el destino sabe burlarse de los burleteros, el orinal terminó convertido en un clásico, el punto de partida del arte conceptual, una obra con más trasfondo que el David y el Guernica sumados.

Ana Cristina recoge dos definiciones modernas de arte: la de Arthur Danto, un objeto de arte es indistinguible de un objeto común, y la de George Dickie, que se funda sobre el principio de autoridad: arte es todo aquello que los conocedores consideren arte.

El artículo es claro y sintético y está escrito en buena prosa. “Mientras que Picasso era una máquina de producción plástica, Duchamp se limitaba a uno que otro gesto artístico y parsimonioso”.

El pequeño gesto del orinal originó una rica explosión de discusiones, géneros y conceptos artísticos que aún no cesa. Muchas de estas obras son insignificantes… como miles de obras figurativas y de representaciones concebidas bajo los cánones clásicos.

En otro artículo de la revista, Carlos Arturo Fernández zanja limpiamente la polémica: el desprecio de Gombrich por Duchamp y por el arte contemporáneo “puso de moda la descalificación fácil de las obras modernas con el argumento trivial de que se trata de una estafa orquestada por los actores del sistema del arte y sustentada solo con vacíos argumentos de autoridad”.

Traducción: el hecho de que haya mierda, literalmente hablando, en los museos de arte moderno no significa que todo el arte moderno sea basura, como creen Fernando Botero y Mario Vargas Llosa. Descalificar masivamente el arte moderno es tan ridículo como aplaudir masivamente el arte clásico o las obras figurativas.

Cabe aquí una anécdota, que es también una lección. Cuando Borges le preguntó si le molestaban las fábulas, todas las fábulas, Pedro Henríquez Ureña contestó: “No soy enemigo de los géneros, de ningún género”.

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Disipados los rumores que corrieron en junio, celebro la noticia de que Elkin Restrepo continuará al frente de la Revista de la Universidad de Antioquia, una de las mejores publicaciones culturales de Latinoamérica. Chapeau!

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