Por: Héctor Abad Faciolince

La leche de Chávez

AUNQUE HAY QUIEN PIENSE QUE YO debería escribir sobre cuentos, sonetos y madrigales, voy a escribirle más bien un panegírico a la leche.

Como no me acuerdo bien de lo que quiere decir panegírico, saco el diccionario. Dice que es un “sermón en alabanza de alguien o de algo”. Sí, voy a hablar bien de la leche, y de los campesinos que producen leche, y de las vacas, que son el animal sagrado en el que reencarnan las personas si se portan bien en este avatar humano que nos tocó en suerte.

Por raro que suene, para hablar bien de la leche, voy a empezar hablando de un tipo con muy mala leche: Chávez. Aunque no lo crean, el verborreico coronel dijo esta semana dos cosas relacionadas con la leche. Dijo primero que no nos iban a volver a comprar nada (y entre los principales productos que vendemos a Venezuela está la leche) y después le dijo a Uribe: “¡Quédate con Monómeros, si quieres!”. ¿Y qué tiene que ver Monómeros con la leche? Muchísimo: este absurdo Gobierno colombiano (casi tan absurdo como el venezolano) protege con aranceles una empresa de Chávez, pues el nuestro es el único país de América que, en perjuicio de los campesinos, cobra el 5% de arancel para importar urea y potasio (lo que produce Monómeros), y el 10% de arancel por la importación de los demás fertilizantes compuestos.

Para ser justos, hay otra empresa que también se protege con el arancel. No es sólo la venezolana Monómeros, sino también Abocol. Que no es venezolana, sino de la India. Como no sea por favorecer a ciudadanos de ese país de donde vienen las vacas sagradas, no sé por qué Uribe, Uribito y Uribitico (el actual ministro de Agricultura) siguen empeñados en ponerles aranceles a los productos con que se abona la tierra donde los campesinos tienen sembrado el pasto que se comen las vacas que después de rumiar lo convierten en leche.

Miren: el negocio de la leche no es, en general, de grandes terratenientes. Hay más de un millón y medio de familias que viven de la leche y la gran mayoría de los productores tienen hatos de menos de diez vacas. Los grandes terratenientes, en cambio, (los cañeros o los palmicultores) pueden importar fertilizantes sin aranceles, por Plan Vallejo. Pero los pequeños productores de leche tienen que pagar ese impuesto que favorece a una empresa venezolana.

Hay algo más grave: a los campesinos les compran la leche a precios que van entre los $500 y los $740 el litro, pero las grandes empresas tipo Parmalat (italiana), Alpina (semisuiza) o Colanta (antioqueña) venden el litro a $1.700. Pasteurizarla, empacarla y transportarla no vale todo eso, y semejante diferencia deja ganancias vergonzosas que no llegan a los productores de leche.

El bulto de urea, que en Ecuador vale $30 mil y en Venezuela $27 mil, aquí nos cuesta el doble: $54 mil. Antes nadie vendía las vacas lecheras; ahora las están sacando a los mataderos y las terneras que nacen las están vendiendo también, para volverlas salchichón. Los campesinos, desesperados, se están comiendo las vacas. El Estado colombiano y la Federación de Ganaderos no han sido capaces de construir una planta de pulverización para guardar excedentes durante los meses de lluvias. Al contrario, el Gobierno protege inexplicablemente a los importadores de leche en polvo y lactosuero.

Y lo que es más grave: las familias pobres de Colombia no tienen $1.750 diarios para darles leche a sus hijos. En apariencia sobra la leche y más ahora que Chávez no la compra, pero no hay un plan del Gobierno para comprar leche y repartirla, por ejemplo, en los colegios de los estratos más bajos, con lo que mejorarían el rendimiento y la salud de los niños desnutridos. Vivimos en el absurdo: hay leche, hay sed de leche, el Estado tiene los recursos, pero como no les compran la leche, los campesinos están vendiendo las vacas. Cuando la leche esté escasa, lloraremos. Porque (se me estaba olvidando el panegírico) hay pocas cosas tan buenas como la leche. Borges, con las comidas, se tomaba siempre un vaso de leche: por eso escribía sonetos tan buenos.

 

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