Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 13 horas
Por: Alfredo Molano Bravo

La ley de la gravedad

HACE 10 AÑOS LAS GUERRILLAS BLOqueaban carreteras y caminos. Los paras hacían lo mismo, pero nada se decía.

Los retenes en las vías de Bogotá a la costa atlántica, a Medellín, a Villavo, eran cotidianos. A la gente le daba miedo y el miedo rindió votos. Una década de guerra, miles de muertos, sangría de dineros públicos, y nada. Los cabecillas de las Auc viven prácticamente en un exilio llamado extradición, pero sus hombres se han vuelto a movilizar. Según la OEA, unos 3.500 paras están de nuevo en armas. A guiarnos por las cifras de Semana, la confrontación con las guerrillas crece: “Desde 2007 suben las masacres, las extorsiones, las acciones guerrilleras, las víctimas que causan estas y los nuevos grupos armados, los muertos y heridos en servicio de la fuerza pública. Ciudades como Medellín y Cali han visto dispararse los homicidios desde entonces”. Sin resolver el problema agrario, la ley de la gravedad social se impone: la guerra se reproduce sola. Hoy las principales vías terrestres están tapadas por derrumbes, deslizamientos, inundaciones. La reconstrucción será lenta y costosa: 99 billones de pesos sólo para dejar las carreteras como eran, es decir, estrechas, llenas de huecos, sin drenajes. El costo del transporte será cada día mayor, y la movilización más accidentada, porque las causas ambientales del mayúsculo descalabro se siguen evadiendo; y la corrupción administrativa, será imposible de reducir a sus “justas proporciones” en un país sin oposición. Las aguas reclaman sus cauces. Hace parte de la ley de la gravedad. El río Bogotá inunda la Sabana por el simple hecho de que los vallados que regulaban las escorrentías,  y los humedales que las mitigaban, fueron destruidos por la arrasadora urbanización. Ahora esas urbanizaciones se inundan, como en los casos de Chía y Mosquera. En Ubaté, los ganaderos han desecado poco a poco el humedal de Fúquene en beneficio de sus haciendas. Ahora el agua vuelve por sus fueros y ahoga las vacas. Idéntico mecanismo ahoga a la costa: la depresión momposina, que permitía regular las aguas en el bajo Magdalena, ha sido ocupada por ganaderos haciendo jarillones para ampliar sus propiedades, sacando a la gente y desecando las ciénagas. El río Cauca ha sido rectificado para que los cañeros ocupen más tierra; las madreviejas —también amortiguadoras— han sido destruidas. Manuel Rodríguez, exministro de Medio Ambiente, propone —con toda razón— que las tierras así arrebatadas sean también objeto de restitución. La cuestión no para ahí. Las cordilleras han sido taladas y hoy casi todas son peladeros. Con el desmonte han perdido la capacidad de retención de las aguas lluvias y así se aumentan los niveles de ríos y quebradas, más en la medida en que las rondas protectoras de estos cursos no se han respetado. La deforestación se traduce en derrumbes  porque sin árboles la tierra rueda —también por la ley de la gravedad— y tapa cursos de aguas y vías. El país vive una catástrofe. Así como la guerra desplazó a cuatro millones de colombianos, el invierno actual ha afectado a tres millones. El sistema de auxilio a damnificados, a pesar de las buenas intenciones formales del Gobierno central, se convertirá en aceite para la maquinaria clientelista. Los gamonales están de plácemes con tanta tragedia porque quien —en última instancia— define a quién ayudar es el jefecillo político local, incluyendo  los curas párrocos, los gerentes de las cámaras de comercio y, claro,  los alcaldes y secretarios de planeación. Y son ellos los que nombraran los veedores. El presidente Santos no está de buenas. Le llegan al mismo tiempo la resurrección del TLC y el vía crucis del invierno. El sistema vial que sobreviva irá en contravía de un mercado de libre competencia y así contribuirá a la ruina de la producción nacional. Nada que hacer. Para poder competir se necesitará no sólo reconstruir lo que dejó el invierno, sino tomar medidas radicales para que los desastres que sufrimos no se repitan. Eso no es cuestión ni de alcantarillas ni de túneles, sino de tierras, de políticas de reforestación, de regulación de la ganadería extensiva. El gran dilema del Gobierno es invertir en vías útiles o seguir gastando en una guerra inútil. Si resuelve hacer las dos cosas a la vez, agravará los dos problemas: ni terminará la guerra ni terminará las carreteras. Las leyes de la gravedad física y social se implican entre sí. No se puede aceptar la doctrina de seguridad del general —retirado— Matamoros: “Hay 250.000 soldados que se juegan la vida todos los días para que nosotros podamos ir de  vacaciones”.
 

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