Por: Columnista invitado

La ley, el orden… y el fútbol

“Espósame, pero te vas a cagar a todo Chile”, le dijo Arturo Vidal, El Rey, el crack de la selección anfitriona de esta Copa América, al carabinero que lo detuvo tras el accidente de tránsito que causó la primera gran novela del torneo.

Resumamos: en su día libre el volante de Juventus se tomó unos tragos en un casino con su familia, y regresando a la concentración, pasado de tragos y de velocidad (no es buena combinación, ¡menos en un Ferrari!), se estrelló con otro vehículo. No hubo muertos, pero la esposa de Vidal sufrió contusiones.
 
Según la ley chilena, Arturo Vidal tenía que ir a la cárcel, y efectivamente pasó la noche detenido; sin embargo, en la mañana, en la audiencia frente al juez, sólo le quitaron la licencia.
 
Tras esto, que de por sí es arbitrario, pues según el Código de Policía de Chile lo que hizo Vidal da entre 61 y 540 días de cárcel, vino el colofón: el técnico Sampaoli dejó claro que perdona el error de su figura porque la necesita, cerrando un nuevo episodio de cómo el fútbol está sobre la ley.
 
De eso sí que sabemos en Colombia. El caso más famoso es el de Jairo Castillo, implicado en la muerte de dos jóvenes en 2001. “Homicidio culposo”, dijo el juez, dictando una condena en prisión de 36 meses que nunca se cumplió.
 
El triste “usted no sabe quién soy yo”, que va de falsos sobrinos de expresidentes a jovencitas de escote generoso, nace precisamente porque en Colombia (y en Chile, y en general en Latinoamérica) hay un serio problema de institucionalidad: no respetamos las leyes. El análisis va más allá de los casos de tránsito: por tradición respetamos al líder, no a la ley, pues ésta ha sido violada tantas veces (mostrando la debilidad de las instituciones) que le apostamos al fuerte, al famoso, al “importante”. De ahí la corrupción: si sabes que no te va a pasar nada porque puedes darles la vuelta a las leyes amparado en tu poder/fama/dinero/contactos, ¿para qué cumplirlas?
 
El caso es que los hinchas chilenos están felices con el perdón a Vidal, olvidando que, seguramente, si uno de ellos hubiese sido el del accidente a esta hora estaría detenido. Pero eso qué importa, el bien común es el fútbol, no el respeto a las instituciones.
 
La opereta de Vidal, además, terminó como tocaba. Entre lágrimas, tras ser perdonado, el ídolo salió a disculparse en una rueda de prensa en la que dijo estar muy avergonzado, demostrando que Latinoamérica no sólo es la tierra de la falta de peso de lo institucional, sino del melodrama.
 
Alejandro Pino, Blu Radio.
Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado