Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La línea de Angelino

Una lluvia de críticas suscitó por estos días la declaración de Angelino Garzón sobre el cálculo de la línea de pobreza en Colombia.

El vicepresidente fue objeto de burlas y preguntas por su fuerte afirmación en la que, básicamente, cuestionaba la medición de la pobreza, que consideró “ofensiva”. Desde varios frentes, entendidos en la materia se dirigieron “pedagógicamente” a Garzón, explicándole que detrás del cambio de indicadores hay trabajo y procedimientos serios, y no maldad pura de economistas crueles.

Pero a Garzón no sólo se le amonestó por lo que dijo, sino por la forma en que lo hizo. Su invitación a que los asesores del DNP vayan a Corabastos y hagan un mercado para cuatro personas con $190.000, fue tildada, acaso con razón, de oportunista y populista.

Por último, molestó el lugar desde donde el vicepresidente emitió su opinión. La crítica al Estado desde el Estado, se escuchó decir, desgasta las instituciones y genera desconfianza.

Con todo, ninguno de los tres dardos que se le lanzaron fue lo suficientemente contundente. No es la primera ocasión en que un vicepresidente (en el pasado, primeros designados) interviene en el debate público con opiniones que claramente se traducirán en réditos políticos. Y no será la última oportunidad en que un funcionario se salte el libreto para abonar el terreno de futuras aventuras electorales. La labor política dista de ser fría, técnica y estética, como la querrían algunos comentaristas.

Hay, sin embargo, una interpretación (por supuesto complotista) de todo el episodio que resulta acaso más alarmante que la que implica un Angelino-candidato: ¿será posible, se preguntará un malpensado, que la acalorada y visceral jugada de Garzón esté, en cierta medida, permitida por su superior? ¿No sería ésta, entonces, una salida (más racional que emocional) que nos distrae con el cómo definir la pobreza cuando lo que se debería estar discutiendo, mejor, es el cómo acabarla?

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