Por: Héctor Abad Faciolince

La lívida envidia

RECUERDO QUE EL PROFESOR DE REligión en el colegio, don Guillermo, nos explicaba cómo ocurrían las elecciones del Papa en el Vaticano.

Según él, y según la doctrina eclesiástica, cuando los cardenales se encerraban en el Cónclave, el Espíritu Santo empezaba a iluminarlos y cualquier cristiano bautizado podía ser elegido Papa. “Incluso un hombre casado como yo”, decía don Guillermo, y la cara se le iluminaba al sentirse papabile. El mazo de la clase levantaba la mano: “¿Incluso yo, maestro?”. Y el profe le decía, meloso: “Incluso tú, Gustavo”. Entonces el malo de la clase alzaba también la mano: “¿Incluso una mujer o un negro, don Guillermo?”. Y el profesor, después de un instante de titubeo: “Bueno, no exageremos”.

El caso es que después, cada muerte de Papa (y ya en mi vida me han tocado cuatro), los cardenales siempre se inclinaban por otro cardenal, cuando elegían nuevo Papa. Es curioso el Espíritu Santo; nunca se le ocurre que un feligrés cualquiera de Paravandocito puede tener las dotes adecuadas para ser Sumo Pontífice. Siempre sopla en el oído de los cardenales el nombre de algún otro colega cardenal. Y, sin embargo, todos nosotros —salvo el malo de la clase— creíamos con devoción todo lo que nos decía don Guillermo, el profe de religión.

Aquí hay almas puras que creen todavía que en los premios literarios hay una especie de espíritu santo que sopla en el oído de los jurados el nombre del ganador. Ese espíritu santo se llama el mérito, la calidad, la Obra en sí, sin mezcla alguna de influencias externas, de celebridad, o sin que nada influya el mágico sonido de los nombres famosos. Claro, en los países católicos (España, Francia, Italia), son más propensos a la corrupción, y los premios son sucios. Pero en los países puritanos y protestantes (Inglaterra, Estados Unidos) los premios sí son limpios, sin las palancas y maromas copiadas de los cochinos cardenales de Roma.

Mentira. En todos los premios (el Nobel, el Pulitzer, el Booker, el Goncourt, el Cervantes, el Alfaguara, el Strega) intervienen jurados humanos que actúan según un sistema de juicios y prejuicios humanos: prejuicios políticos, estéticos, sugerencias de amigos —que no son el Espíritu Santo—, chismes de colegas, equilibrios editoriales, palabras dulces o amargas de buenos lectores, de traductores, de críticos literarios. No hay un juicio puro por mucho que los jurados, cuando son honestos, intenten seguir, por encima de cualquier otra influencia, su propio gusto, lo que les parece bueno o malo en novela, en poesía o en ensayo. Una editorial puede nombrar un jurado de bolsillo, pero no puede imponer su candidato a un grupo de jurados serio e independiente.

El éxito es imperdonable. Y cuanto más cercano el exitoso, peor, porque se alborota la envidia. Aquí hay escritores que tienen tan mala leche que de verdad parece que desayunaran con bilis de tigre, con sangre de víbora, con leche de perra, con gotas de cianuro. Su lengua viperina, si un colombiano llega a ganarse un premio literario (y no es de sus afectos), escupe veneno mezclado con saliva corrosiva. La lívida envidia se apodera de ellos y para quitarle todo mérito al ganador recuerdan entonces que en los premios hay intereses comerciales, que no son limpios y puros, que el Papa elegido era uno de los cardenales y no el meritorio novelista de Paravandocito.

El Booker, el Pulitzer, el Goncourt y el Alfaguara (todos ellos, con una que otra excepción en todos ellos, cada muerte de Papa) se lo suelen ganar escritores ya reconocidos, con una obra sólida a sus espaldas y un respaldo crítico significativo: Coetzee, McCarthy, Houllebecq, Ramírez… Lo curioso es que cuando se lo gana un colombiano, las Casandras y los aguafiestas, los Mefistófeles y las Pandoras, recuerdan que este mundo no es puro, que este mundo no es justo. Porque claro, si fuera justo, jamás un premio se lo podría ganar un colombiano. Un país que, en el mundo, equivale más o menos a Paravandocito.

 

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