Por: Catalina Ruiz-Navarro

La Llorona

Uno de los mitos tradicionales más antiguos en Colombia (y que cuenta con versiones ligeramente diferentes en otros países) es el de la Llorona: el fantasma errante de una mujer que deambula cerca a ríos y lagunas, con el cabello largo, llorando, y que con sus manos ensangrentadas arrulla un bebé muerto. El mito es una advertencia clara para todas las mujeres: no hay peor crimen que matar (o dejar morir) a tus propios hijos. El mito, en tiempos en que nadie cuestionaba la existencia de los espectros, debió ser muy doloroso para las mujeres, pues era muy frecuente que los recién nacidos murieron en el parto o meses después. Eran tiempos en los que tampoco se sabía de la depresión posparto y de lo peligrosa que puede ser para las madres y los recién nacidos. Más que un mito, la historia de la Llorona debió ser algo que ocurría con bastante frecuencia. Y aun así, la historia cumple la función de culpar a las madres.

La semana pasada, El Espectador publicó una noticia titulada “Recién nacido fue abandonado detrás de una estación de servicio en Pereira”, y más adelante contó que “la Policía y la Fiscalía ya trabajan para dar con el paradero de la madre y establecer si fue ella u otra persona quien abandonó al menor”. Y es que la idea de que los bebés tienen, necesariamente, un padre, parece escapar al sentido común. Poco ha cambiado desde los tiempos en que nos aterramos con el cuento de la Llorona. El mejor ejemplo es que la Policía enfoca sus esfuerzos en buscar a esa malvada madre que abandonó a su bebé, pero nadie pregunta por ese progenitor que no tuvo que sufrir los costos físicos y emocionales de un embarazo y aun así no se hace responsable. De los padres que abandonan nadie dice nada. Pero rara vez los bebés deseados cuyas madres tienen el apoyo de sus parejas o de una red de amigos y familiares terminan en la basura. Y mucho menos si las mujeres saben de su derecho a un aborto legal y seguro, que le habría ahorrado a esta mujer nueve meses gestando su inmenso sufrimiento.

La Llorona es una historia que nos muestra cuán cruel llega a ser nuestra sociedad con las madres. Ese “amor” que decimos tenerles demasiadas veces es una excusa para el maltrato y la explotación. Por eso no debería extrañarnos que uno de los días con más violencia doméstica en Colombia sea el Día de la Madre. La serenata con mariachis muchas veces viene con un ojo morado. Les profesamos “amor”, pero no reconocemos todo el trabajo invisible que han hecho por nosotros, creyendo que es algo que les sale natural o que es su obligación por ser mamás. Pero la verdad es que nadie trapea pisos y limpia baños por “amor”. Ese “amor de madre” se parece demasiado a la explotación.

Las madres no están obligadas a profesarnos amor incondicional. Son mujeres con vidas propias que en un punto se intersectan con la nuestra; esto debería ser una obviedad. Hoy, cuando recuerdo el mito de la Llorona, pienso en todas esas mujeres que no pudieron tratar su depresión posparto, que no pudieron elegir entre continuar con el embarazo o no, en aquellas que viven en la angustia por conseguir qué comer ellas mismas y mucho menos les alcanza para mantener una boca más. En todas esas mujeres que no querían o no estaban listas y les tocó una maternidad forzada.

En el Día de la Madre necesitamos menos melosería y más derechos, más respeto por aquellas que no quieren limitar su identidad a una maternidad unidimensional. Las madres no necesitan serenatas o electrodomésticos, necesitan que el Estado garantice sus derechos, que la sociedad en conjunto aminore sus cargas y que dejemos de pensarlas en “función de otras personas”, sino como ciudadanas completas, capaces de tomar sus propias decisiones con respeto y libertad.

@Catalinapordios

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro