Por: Héctor Abad Faciolince

La lucha armada

EN VISTA DE QUE NO TODOS ESTAMOS dispuestos a tomarnos tranquilamente la cicuta, como Sócrates, ni a aceptar la cruz sin defendernos con un ejército de ángeles, como Cristo, ni a combatir la humillación de un imperio con la resistencia pasiva, como Gandhi, creo que cualquiera de nosotros puede imaginar una situación en la que la injusticia padecida sea tan grande que preferimos empuñar un arma y hacernos matar peleando, antes que seguir aceptando la ignominia.

En este país de iracundos hay gente muy violenta que no soporta ni siquiera una contrariedad sin ponerse agresiva. Son esos furibundos que les pitan en el carro y con eso ya tienen para sacar el machete o la pistola. Pero también hay millones de personas en este país la mayoría que han soportado una vida entera de injusticias sin levantar siquiera la voz.

Que un porcentaje de nuestros pobres no sean siempre tan humildes como los pobres de otros países, puede ser visto como una señal de mala índole, pero también puede verse como una virtud: no se resignan a ser pisoteados una y otra vez, son lo que la vieja retórica definiría como “un pueblo indómito”. La falta de docilidad puede ser un defecto en los animales domésticos, pero en una población puede ser también vista como una muestra de vitalidad.

Que en Colombia persista la anomalía, única en América Latina, de grupos guerrilleros y contraguerrilleros (paramilitares), ha sido una tragedia inmensa; pero es también una muestra de que el pueblo colombiano no es pasivo ni resignado. Para bien y para mal, así somos y así hemos sido a lo largo de la historia, y por el mismo motivo no creo que haya en la América hispana ningún otro país donde se haya derramado tanta sangre como aquí. Una virtud llevada al extremo se convierte en defecto.

Tanto el gobierno de Colombia como la guerrilla de las Farc tienen que tomar en estos momentos una decisión importante: o emprenden acciones militares de exterminio total con la ilusión, no sé qué tan real, de aniquilar al enemigo o se le ofrece a la guerrilla la oportunidad de rendirse dignamente, con leyes parecidas a las que se diseñaron para la entrega de los paramilitares, ojalá con verdaderas reparaciones a las víctimas.

 Igual disyuntiva tiene la guerrilla: o se suicida por medio de ataques terroristas desesperados y sanguinarios, o más bien opta por el camino que Chávez y Correa le han sugerido: entregar a los secuestrados y buscar la paz. Por antipáticos que nos parezcan los presidentes vecinos, no podemos negar que sus últimas intervenciones serían convenientes para la paz de Colombia.

Es preferible para nuestro país un partido bolivariano liderado por ejemplo por una deslenguada como Piedad Córdoba que una guerrilla en el monte. Lo que me temo es que aquí, con los odios acumulados en decenios de lucha infame (con armas detestables como el secuestro y los atentados terroristas), y con una contrainsurgencia no menos sanguinaria con exterminio de partidos, desaparecidos y asesinatos de todo aquello que oliera a protesta social, no vamos a ser capaces de curar esa herida. La furia y la ilusión de la victoria total además del miedo a la venganza que hace difícil rendirse y entregar las armas han impedido aquí, y seguirán impidiendo, que se suspenda la lógica de la guerra.

Hay un solo camino para salir de este círculo vicioso de violencia y exterminio: que una de las partes, la que se levantó en armas ilegalmente, declare de modo unilateral que suspende la lucha armada y que enfunde los fusiles en una actitud expectante.

Las Farc deben entregar a los secuestrados y demostrar, sin emprender una sola acción más, que están dispuestas a suspender la guerra y a entrar en el juego democrático. Los primeros que tienen que declarar que dejan de disparar, de matar y de secuestrar son ellos, los guerrilleros de las Farc, decretando una tregua unilateral. Sólo así, tal vez, este gobierno estaría también dispuesto a dialogar y a callar los fusiles.

*Escritor y [email protected]

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