La lucha contra el mundo

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Los gobiernos y los ciclones se van haciendo cada vez más imprevisibles y más destructivos, pero todos tenemos la sensación de que esos ciclones y esos gobiernos, esas fuerzas ciegas del mundo, nacen de nuestras manos.

La historia se ha vuelto un escenario de cosas sorprendentes. Esta pandemia sí que nos ha demostrado que no solo la vida se convirtió en espectáculo sino que estamos viviendo una novela de dimensiones cósmicas.

En su poema Alturas de Machu Picchu, Pablo Neruda hablaba de cómo los seres humanos, atrapados por una realidad mezquina y repetitiva, vivimos cada día una pequeña muerte “que se apaga en el lodo del suburbio”, y que solo el descubrimiento de una naturaleza portentosa y el hallazgo de edades más esforzadas y heroicas podría conmovernos con el mensaje de que es posible una muerte más grande, que corresponda a una vida más grande.

Voltaire dijo de los hombres de su tiempo que su grandeza consistió en que necesitaban milagros y simplemente los hicieron.

Los seres humanos hemos sido capaces de sobrevivir a las guerras y a las pestes, pero hoy no sabemos si podremos sobrevivir a nuestros inventos: más peligrosos que la viruela y que Genghis Khan parecen nuestros automóviles y nuestros plásticos. Somos un palpitante termitero planetario que emite CO2 en forma incesante y arroja plásticos indestructibles con la misma destreza con que las arañas emiten sus hilos prodigiosos.

Antes pescábamos para nuestras aldeas con anzuelos y con hermosas redes artesanales, y hablábamos de pescas milagrosas cuando se llenaban las barcas; ahora hay flotas de barcos que arrojan redes desmesuradas y le arrebatan al mar cardúmenes completos porque hay que llevar a las ciudades millones de peces, abismos de crustáceos, océanos de criaturas.

Cada vez le damos al planeta dentelladas más devastadoras. No creemos ser nosotros los que mordemos y destruimos las selvas, pero el ganado que devoramos, miles de haciendas cada día, necesita reproducirse enseguida y proliferar, no consume sacos sino millones de toneladas de cereales, y para ello hay que ampliar sin cesar los campos de cultivo de soya y de hierba.

La plaga más industriosa y sofisticada del planeta utiliza los más finos instrumentos, el cálculo y el método, la razón y la anticipación, para manipular a las otras especies, atrapar el mundo natural en su red ingeniosa y saquear al planeta sin tregua y sin misericordia.

Solo de un poder carecemos, y es el poder de controlarnos a nosotros mismos. Desde que Dios murió no hay freno para el hombre y, a pesar de san Pablo, todo parece indicar que los dioses no resucitan. ¿Qué podría salvar a una especie que necesita dioses pero que ya no es capaz de creer en ellos? Porque lo que ha muerto no son los dioses sino nuestra capacidad de creer en ellos.

Aquí lo divino está por todas partes. Pero el ser humano conquistó su sueño prometeico, asumió los poderes divinos: ya puede mover montañas, abrir mares, rediseñar el mundo, obrar milagros nuevos cada día. Él mismo ha sido capaz de vencer la ley de la gravedad, de acelerar la historia, de intervenir la vida, de abrir el átomo y de alterar las letras del código genético.

Nuestra aventura actual es más asombrosa que cualquier novela: ahora podemos ver a voluntad cosas que antes solo eran posibles en los sueños, estamos más llenos de visiones que el opio y más llenos de poderes que los genios de las mil y una noches.

Pronto sabremos que recibimos más bendiciones que las que éramos capaces de agradecer y más fuerzas que las que éramos capaces de controlar. Todavía no sabemos en qué momento lo mejor se vuelve lo peor para la humanidad, en qué momento de la historia nuestro poder creador se cambia en poder destructor, cuál es el momento en que enloquecen las células y el arco iris se hace sangre.

Sería un error pensar que esas cosas las corrige el pensamiento, que esas cosas las cambia la voluntad. Pero eso no significa que no puedan cambiar.

Ese misterioso núcleo de nuestro ser que produce el talento, el ingenio, la ciencia y la industriosidad todavía guarda más cosas en su entraña desconocida. No solo hay reservas de sabiduría y de soberbia, también hay reservas de miedo y de espanto. Una cosa es el dolor de un hombre y otra es el dolor de una especie.

Llegará el día en que no solo sintamos admiración y fascinación por lo que somos y lo que podemos hacer, también es posible que un día empecemos a tener miedo de nosotros mismos, espanto de nuestros méritos, angustia ante nuestros alcances. Cuanto más cerca estemos del peligro más advertiremos que lo único que de verdad ha puesto la vida entera bajo amenaza no fue nuestra ignorancia, y ni siquiera nuestro conocimiento, sino nuestra falta de límites.

Ahora es un orgullo no tener límites, es una prueba de ingenio, una muestra de nuestro incomparable talento. Pero tal vez llegará el día en que algo en nosotros implorará por un límite como implora un poco de agua el que muere de sed.

Tal vez un día busquemos desesperados al dios que no existe, para rogarle que no sepamos tanto, que no estemos tan llenos de poder transformador, que el vértigo no nos haga irreconocibles, que haya un poco de paz para la mente y, como quería Joseph Conrad, un poco de consuelo para la imaginación.

Y entonces sabremos lo que significa que el dios no esté ya allí para salvarnos, que nuestro único triunfo posible sea ser derrotados.

Digo con plena conciencia ser derrotados y no ser destruidos. Porque nadie lo dijo mejor que Franz Kafka: “En tu lucha contra el mundo, apoya al mundo”.

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