Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

La luz de su alma

Cuando alguien muere, la primavera aprende algo del invierno y los campos se cubren de flores blancas. Quizás esta sea la manera que encuentra la tierra para rendirles un penúltimo homenaje a los nuevos habitantes del cielo. O tal vez es el lenguaje que tiene el corazón para convertir tristeza en esperanza, y en luz el adiós.

Cuando alguien muere, el tiempo se mueve distinto, las voces suenan distinto, y aun cuando el frío se siente como una segunda piel, algo en el alma nos da la mano y nos tranquiliza, y nos vuelve casi elemental creer en la eternidad.

Mi papá murió en la madrugada del domingo. Anudó en un sueño sereno y profundo sus 94 años de vida y se fue en paz, como diciéndonos a todos que morir es dar el paso más dulce y más luminoso de la existencia.

Mi papá tenía el pelo blanco, los ojos de un verde azul irrepetible y la voz firme. Transformó la vida de muchos. Defendió el derecho a la dignidad y al bienestar multidimensional, porque pensaba que nadie merecía desahuciarse en brazos de la ignorancia, y que la pobreza no era una celda inexorable, de la que fuera imposible salir. No cifró esta defensa en discursos demagógicos, ni se dejó seducir por el falso encanto de las primeras piedras; le apasionaba, sí, el reto de entregarle a la sociedad hechos palpables, construidos con la arquitectura de un alma sensible y las ventanas abiertas al conocimiento. Escuelas responsables, templos al arte y la cultura, hospitales que curaran las enfermedades del cuerpo y el dolor que deja el abandono. Creyó en los derechos de los niños como carta de navegación; amó viajar, trabajar y desafiar; hizo suyas mil primaveras de Vivaldi y no sé cuántas euforias de la Novena sinfonía.

Fue un hombre drástico y valiente, un constructor de solidaridad y de una familia que hoy se tiene y se quiere más allá de las fronteras de la vida.

Fue casi pobre y feliz viviendo a la orilla del Sena; vehemente creando nuevas banderas para la seguridad social y riguroso a la hora de cumplir la palabra; rector de la universidad fundada por fray Cristóbal de Torres, la misma que respetó, amó y lo hizo abogado.

Fue estricto y generoso, gozador del vino, de los chocolates y la estética.

Me cuesta comprender que no volveré a ver a alguien tan vital, tan sembrador, tan polémico y liberal (de los de verdad). El que me enseñó que la rectitud no se negocia, que no se bebe antes de las 12 y que los sitios de oración se respetan así uno no sepa rezar. El papá gaitanista, el que les temía más a los agüeros que a la perspectiva de un secuestro, el que usaba corbata los domingos y prefirió ir tres días a la cárcel antes que cohonestar con un juez corrupto.

“Que en el viaje le vaya bien”, dijo monseñor en la salita de velación. “Pidamos cielo para Roberto”.

El vacío es y será enorme. Pero por encima de la ausencia, tengo una certeza: mi papá vivió la vida. Nada le fue indiferente. Nada le pasó desapercibido. Protestó cuantas veces sintió que debía hacerlo, defendió los derechos de los más vulnerables y hace 60 años lideró la revolución y evolución de la protección social en Colombia.

Banderas a media asta. Y nosotros, su pequeña gran familia, a la que ayudó y amó con devoción, nos comprometemos a mantener viva la luz de su alma.

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