Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La luz, el agua y los estereotipos

Durante dos días de octubre los niños del barrio Simón Mejía, en Maicao, no fueron al colegio porque había agua.

 El servicio es tan intermitente (y hacía tanto “no venía”) que las familias se quedaron en la casa para ayudar a recogerla de las llaves y almacenarla en cuanta parte.

En el Caribe colombiano la palabra “cobertura” es tramposa. Pese a que la infraestructura muchas veces existe, los servicios de agua y energía son impredecibles y caros. Las tarifas de energía subieron, entre 2006 y 2010, 12% por encima de la inflación y aquellos barrios cuyas redes no cumplen con las normas técnicas establecidas han sido clasificados como “subnormales”. Existe un contador por barrio, cada quien saca la energía como pueda y la empresa Energía Social (creada por Electricaribe para lidiar con la población subsidiada) hace estimaciones de consumos. Con tanta gente pegada del poste, el voltaje fluctúa o se va y entre 2011 y 2013 se han presentado 91 muertes por electrocución.

En el caso del agua, muchos residentes vieron llegar el tubo, pero el agua sale a veces. Para que el agua fluya se necesita presión y sin luz en las estaciones de bombeo los barrios no reciben ni una gota. En algunas poblaciones instalaron las llaves, pero después de recibir el primer recibo, prefirieron cerrarlas, seguir almacenando agua lluvia y comprando agua para cocinar.

En consecuencia, la gente protesta. Entes reguladores y jueces procesan recursos y tutelas. Se crearon redes de usuarios y veedurías. Durante los últimos años, los barrios han organizado cientos de manifestaciones, ocupaciones pacíficas de oficinas y bloqueos de vías. Así, periódicos del Caribe registran una protesta semanal, si no diaria, por acceso a agua potable y energía.

La situación, sin embargo, no parece despertar mucha empatía mediática o entre las ramas del poder público. Salvo por las sanciones periódicas de la Superintendencia a Electricaribe y las denuncias de congresistas como Robledo y Barguil, el panorama pareciera muy normal. Los insistentes comerciales del Gobierno, en los que suena la canción “por fin hay agua, no más totuma”, refuerzan la percepción de que todo está perfecto justo en momentos en que el acceso a servicios es quizá el principal motivo de movilización en la región.

Este desfase bebe de los estereotipos que, acerca de los costeños, persisten en el discurso nacional colombiano. Uno de ellos, el de un Caribe esencialmente corrupto, ha servido de paraguas para que empresas concesionarias se blinden de cualquier crítica. Los directivos de Electricaribe han repetido tanto el “estamos en una situación muy precaria por la cultura del no pago imperante en la costa”, que podría pensarse que están prestando el servicio por caridad. Declarándose víctimas de la población han sido impermeables a todos los reparos.

“En Macondo iban a inaugurar acueducto sin agua”, dice un titular, como si los años sin agua que ha sufrido Aracataca fueran una anécdota pintoresca. Este tipo de titulares provienen de otros estereotipos de la periferia como espacio de lo mágico, lo desordenado y lo lúdico (frente a un centro donde ocurre “la realidad”). Tal como lo profesó Santos Calderón en una columna: “Cuatro días de ininterrumpida parranda vallenata es lo más cerca que se puede estar de la felicidad en este Macondo inmortal (…) aterrizar en Bogotá es pasar del realismo fantástico a la dura realidad”.

 

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