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hace 1 hora
Por: Carolina Sanín

La luz pareja

Leí la nueva novela de Tomás González, La luz difícil, entre anoche y esta mañana. No "me la devoré", como se dice, pues esa escritura me deslumbraba y podía devorarme a mí.

Me pasó lo contrario de “no pude parar de leer hasta el final”. Por una parte, porque tenía que parar a cada rato para volver a la sombra y agradecer desde ahí el texto, ese grillo que en una página de la novela “empezó a cantar bellísimo, como si fuera la presencia de la Presencia, en algún lugar de la sala”. Por otra parte, porque desde la mitad se veía que la novela no tenía final: que era una ilustración (no una demostración ni una elaboración) avasallante, compleja, del infinito.

Entonces, leí por la noche y volví a leer de día. No podía haber recibido el libro bajo una sola modalidad de la luz.

Un viejo que está perdiendo la vista escribe porque no es ya capaz de pintar, y escribe en la espera de dejar de hacerlo para entregarse a la próxima luz, que es “la luz de los sonidos”. Entre la imagen y la música están las palabras, toscas o dúctiles (“todo depende de si les da por andar de toscas o se dignan a mostrarse dúctiles”). El hombre (que escribe en el futuro del autor, en el año 2018) describe el presente en el que se está convirtiendo en escritor, al tiempo que narra el dolor del pasado. Al final del primer párrafo, dice: “Dormí casi cuatro horas seguidas, sin soñar, hasta que a las siete me despertó la punzada de angustia en el vientre por la muerte de mi hijo Jacobo, que habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York”. Se espera la muerte pero ya desde la otra orilla de la muerte. Hay una hora en la que sucede el despertar, y otra hora (que es la misma) en la que vendrá el sueño final. Pero esas siete son a su vez otra hora, en otra parte: las diez. Esa simultaneidad que es división y enseguida desplazamiento, esa síntesis que luego se precipita, vuelve a ocurrir en cada página de la novela hasta que, en su despliegue e insistencia, parecería explicar la Creación. Que es, me parece, lo más arduo y alto que el arte puede conocer.

Sé que esto suena a una hipérbole eufórica, pero la obra de González parece venir de más allá de la literatura, más allá del ingenio, el gusto y el trabajo: de la Realidad. O quizás es que muestra precisamente el corazón de la literatura. Parece como si la voz tocara la perfección y, en ese borde, señalara hacia algo más allá de la perfección, una perfección más perfecta, el abismo siempre inalcanzable de la belleza. De la belleza y el dolor. Del deseo. Yo sólo puedo compararla con la Noche oscura de San Juan de la Cruz. Y por tanto no puedo decir nada. Sólo que creo que el texto me dijo que el “más allá” que señala, y al que yo no llego, tiene que ver con la vivificación de todas las cosas y la experiencia de la fluidez que hay entre ellas: “Con relación a la luz los llamados objetos inanimados son seres tan vivos como las plantas, como uno”; con la experiencia de la existencia como “ese rosal florecido, esa abundancia inenarrable mecida por el tiempo y armoniosa sin interrupción, tanto cuando era feliz como cuando era horrenda”; con un despojamiento que pone en el mismo plano las conclusiones sapienciales (“únicamente la luz, siempre inasible, es eterna”) y la observación del trivial funcionamiento de la memoria (“caminé hasta un bar que queda en una de las esquinas del parque Tompkins, en la Siete con Avenida B, donde filmaron una escena famosa de una película en la que estrangulan a un gordo con un cable”), y, por último, con la celebración de la lengua: del vernáculo universal que permite escribir traducidas a antioqueño y valluno frases que los personajes dicen en inglés, del dictado que una campesina transcribe con mala ortografía, del maravilloso español que el protagonista casi ciego escribe en letras tan grandes que parecen moras de Castilla pero que además están dibujadas con tinta de moras de Castilla que él mismo fabrica.

 

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