Por: Juan David Correa Ulloa

La luz que se apaga

En La luz difícil, como en todas las novelas de Tomás González, hay una búsqueda del sentido a través de una tragedia familiar. Hay una lucha entre la vida y la muerte, entre la oscuridad y la claridad.

La historia comienza en un apartamento en Nueva York, en el East Village. Allí viven David, el pintor narrador de la novela; su esposa, Sara, y sus tres hijos, Pablo, Jacobo y Arturo. Entre ese lugar y una finca en el campo colombiano, donde se escribe el relato, median dieciocho años y corre un río de memoria, naturaleza, personajes y lenguaje, capaz de embestir, de manera simultánea, todas esas cosas tan significativas sobre las que reflexiona David. Cosas sobre la familia; sobre el color; sobre pintar y escribir. Sobre el dolor también.

David escribe esta historia cuando tiene 78 años, ha regresado a Colombia, es viudo y ha perdido a Jacobo, víctima del dolor físico consecuencia de un accidente de tránsito en el cual sufrió una paraplejia irreversible. David es a la vez testigo, conciencia y testimonio de una noche ocurrida dieciocho años atrás en la que dos de sus hijos hicieron un viaje a Portland para liberar a Jacobo del dolor. Él rememora aquella noche, hora por hora, e intercala sus percepciones sobre la fragilidad, el dolor, la ciudad —Nueva York— y la amistad en medio de una creciente pérdida de la visión en una finquita de La Mesa, Cundinamarca. Es un hombre solo ante el abismo del pasado. Su tono, no obstante, no es lastimero. La novela funciona porque es capaz de contar ese dolor conteniéndose de caer en falsos sentimentalismos. Por ahí pasa la muerte del hijo; las tensiones matrimoniales; la nostalgia del país; el oficio del artista y la incomodidad con la crítica. La novela, es cierto, se basta a sí misma y explicarla, a veces, es redundante.

No sé si, como han dicho las principales secciones culturales de los medios colombianos, esta sea “la mejor novela”, “una de las más hermosas”, o esas frases de cajón que sirven para desdeñar incluso las propias obras de un escritor que desde hace mucho tiempo ha dejado de ser un secreto, para ser un muy buen narrador. Un tipo con una sensibilidad extraordinaria que a algunos les podrá parecer sobrenatural, y a otros, apenas normal. Creo, eso sí, que Tomás González ha sido persistente, trabajador y disciplinado y fiel a sí mismo a la hora de contar sus historias. Así, desde hace casi treinta años —Primero estaba el mar, 1983—. Así, a pesar de los paréntesis entre un libro y otro, en los cuales se lo deja de nombrar, como ocurre con cada uno de los escritores colombianos. Es hora de que dejemos de leernos y de escribir sobre ello con esa actitud nacional tan proclive a encumbrar o arrasar a punta de calificativos. Aquí, lo demuestran muchos escritores en los últimos años, se está escribiendo buena literatura. Y no excepciones colombianas. Este libro lo demuestra.

La luz difícil, Tomás González, [email protected]

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