Por: María Elvira Bonilla

La lycra o el fracaso de las feministas

LA LYCRA ES LA FIBRA QUE MANDA en la moda femenina. Sobre todo en las ciudades y pueblos de clima caliente.

No importa la edad, ni el estrato social, ni el oficio. Estudiantes, secretarias, profesionales, amas de casa. Solteras o casadas y con hijos. Jóvenes o maduras. Flacas, rollizas, anoréxicas, altas, medianas, pequeñas. No importa. Porque por cuenta de la dictadura de la moda y de la  lycra, aquella fibra que reina entre los textiles, son pocas las mujeres que escapan a vivir incómodamente forradas de la cabeza a los pies. Mujeres que atropellan con sus escotes profundos, sus senos marcados y rebosantes, cola, caderas y muslos enfundados en unos pantalones descaderados que desafían la estética y la armonía de un buen cuerpo, atrapadas en una obsesión: seducir.

Doris Lessing, la escritora de origen persa, a quien el tardío Premio Nobel de Literatura la tomó por sorpresa en el reposo de los 88 años en su casa en Londres, reconoce con tristeza la tragedia de esta obsesión femenina. Y lo hace ella, esta mujer a quien hace cincuenta años le reconocían su capacidad de pensar con “la libertad de los hombres”, que se encargó con su novela El cuaderno dorado de mostrarles a las oprimidas de entonces que había vida fuera de la casa y de la crianza de los hijos. Lessing nunca hizo alardes, simplemente escribió con bella prosa sobre la vida cotidiana de las mujeres en su reiterada búsqueda solitaria y silenciosa por tener una habitación propia, ese cuarto (no necesariamente físico) personal e íntimo, reservado, donde no caben los reclamos ni los celos del marido como tampoco el ruido y la patanería bulliciosa de los niños. Un libro tan contundente y valiente, que en plenos años sesenta los editores franceses se resistieron a publicar por considerarlo demasiado radical.

Aunque nunca estuvo de acuerdo con las posiciones emocionales y radicales que llevaron a enfrentamientos entre sexos, Lessing compartió motivaciones y propósitos de las luchas feministas de los 60 y 70 que terminaron por abrir espacios de equidad. Pero ahora en el declinar de su vida, reconoce con esa firmeza de pionera, sin disimular cierta rabia y melancolía, que las mujeres han transado los derechos adquiridos, la autonomía para gobernar su propia existencia, por el más elemental de los instintos, el de la seducción.

Las jovencitas, dice, no se dan cuenta de que sólo hace dos generaciones que podemos controlar, como mujeres, nuestra propia vida. Ellas creen que todo esto es normal, olvidando que es ésta la verdadera revolución de nuestro tiempo. Han tenido mucha suerte. Las mujeres modernas ahora pueden hacer de todo, pero lo único que quieren es  simplemente encontrar un hombre. Sólo hay que ver la serie Sex and the City para darse cuenta (…). O salir a cualquier calle de ciudad o pueblo, para confirmar que detrás de tanta desnudez provocadora, tanto escote y tanta silicona, no hay otra cosa que el desespero, como dice Lessing  por atraer, por seducir. Tiene razón, sí, las feministas han fracasado, la lycra les ganó la partida.

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