Por: Diego Aristizábal

La Macarena y La Perseverancia

El mayor deseo que tiene alguien que llega a un lugar que no conoce es conocerlo, familiarizarse con lo que lo rodea, saber qué hay en cada cuadra, desmentir los miedos que las personas “miedosas” tratan de infundir. Hace un par de años, cuando mi esposa y yo llegamos a Bogotá decidimos vivir en La Macarena, en el centro oriente de la ciudad.

Un barrio tranquilo muy cerca de los lugares que más frecuentamos en la capital. 

La primera advertencia que nos hicieron personas cercanas fue: Cuando vayan a coger la avenida Circunvalar hacia el Norte no pasen por La Perseverancia porque allá, según el dicho: “se sube a pie y se baja en ambulancia”. Yo que por mi profesión he tratado de no tener prejuicios por un lugar o una persona no creí en el asunto. No quería dejarme contagiar de esa paranoia que caracteriza a la gente que vive en Bogotá. No quería creer en esa técnica de la bujía utilizada por un grupo de jóvenes que estaban por ahí y de repente se abalanzaban contra el carro que pasaba, rompían el vidrio y en cuestión de segundos sacaban bolsos, morrales, celulares, gafas... 

Un domingo por la mañana, después de haber subido varias veces por la calle 32 para coger la Circunvalar, de estar a punto de convencer a mi esposa de que este era simplemente un barrio estigmatizado, me llegó el día del susto. Una bandada de muchachos que simulaba jugar con un balón de repente intentó cerrarme el paso. Apenas me percaté del asunto aceleré y pude esquivarlos. Salí ileso, pero nunca más volví a pasar por La Perseverancia. 

Hace poco llegó un volante al edificio donde vivo. Decía que en menos de dos semanas, en el mismo barrio, habían atracado con armas de fuego a 17 vecinos. ¿Posibles culpables? Jóvenes de La Perseverancia. De nuevo llegué a creer que lo que teníamos que hacer los vecinos de La Macarena era tratar de mirar las necesidades de los habitantes de La Perseverancia para ayudarlos. 

Asistí a la reunión convocada por la Junta de Acción Comunal y lo primero que escuché fue un informe que analizaba el núcleo social de los habitantes de “La Perse” y cómo esto de los robos no es nuevo sino que es un asunto cíclico porque resulta que en este barrio obrero, que tiene más de cien años de historia, se han identificado casi 20 familias cuyos abuelos, padres e hijos delinquen y se benefician del robo y por eso de generación en generación los picos suben cuando se “heredan” los mandos y empieza la etapa de “entrenamiento”. 

Se calcula que el 70% de los que roban son menores de edad. Alguien me contó que incluso se conoce una familia compuesta por 73 integrantes y todos delinquen. Al mes el robo de celulares, computadores, relojes, gafas, etc., puede sumar fácilmente entre 400 y 600 millones de pesos y la venta de estos objetos puede dejar, sin ningún problema, una ganancia de 200 millones. 

Estas personas, además, tienen una serie de subsidios directos e indirectos del Estado: Centros educativos, un CAMI donde les prestan atención, tienen cuatro comedores comunales: dos en la zona y dos aledaños, casi todos tienen Sisbén, Familias en Acción, en fin. Lo que se ve aquí es una industria montada que al no contar con el seguimiento del Estado en vez de reparar el “tejido social” lo degrada. Y lo más triste aún, es que por culpa de esta situación se estigmatizan a todos los habitantes de La Perseverancia quienes, sin quererlo, se vuelven cómplices de aquellos que delinquen para evitar problemas. 

Los habitantes de La Macarena, cansados de esta situación que incluso hace 17 años le costó la vida a Adonay Sierra, un vigilante del barrio que enfrentó a los delincuentes de La Perseverancia en aquel entonces, presentaron el 11 de marzo un Derecho de Petición ante las autoridades competentes con el fin de exigir acciones de prevención y control policivo para evitar los hurtos y atracos. La Alcaldía debe garantizar la vida, honra y bienes de sus ciudadanos y garantizar los derechos constitucionales. 

Es necesario que existan medidas a corto plazo: mayor presencia e inteligencia de la Policía; pero dadas las circunstancias es obligatorio que las autoridades competentes tomen medias más profundas, hagan procesos y seguimientos que ayuden a erradicar este problema social y delictivo desde la base, de lo contrario, si el barrio La Macarena supera esta racha de hurtos con seguridad dentro de un par de años más se volverá a repetir el mismo problema y eso es precisamente lo que se debe evitar. 

La semana pasada atracaron al sacerdote de la iglesia de La Perseverancia Jesucristo Obrero. Si las cosas siguen así, probablemente dentro de poco atraquen al único policía que ahora se pasea a ciertas horas por La Macarena. Entonces quedará demostrado que para “prevenir” ni siquiera será suficiente cargar gases paralizantes o tábanos, como recomendó la Policía en la reunión, porque ese tipo de “ayudas” lo único que hacen es aumentar la paranoia, el miedo al otro que por el simple hecho de acercarse puede ser visto como sospechoso que se merece una descarga eléctrica. Y desde este punto de vista todo puede ser peor.

 
[email protected] @d_aristizabal
 

 

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