La maestría del amor pasa por la vulnerabilidad

Es transformador y conmovedor que el papa Francisco, desde su diálogo con una niña, nos invite a despertar la conciencia de la propia vulnerabilidad. En ese momento nos toma de la mano para reconocer uno de los pilares de la sociedad patriarcal y competitiva: el equivocado prestigio que se deriva de ser más fuerte que el otro.

“Queremos un mundo en el que la vulnerabilidad sea reconocida como esencia de lo humano, que lejos de debilitarnos nos fortalece y dignifica”.

Su santidad, papa Francisco.

Es transformador y conmovedor que el papa Francisco, desde su diálogo con una niña, nos invite a despertar la conciencia de la propia vulnerabilidad. En ese momento nos toma de la mano para reconocer uno de los pilares de la sociedad patriarcal y competitiva: el equivocado prestigio que se deriva de ser más fuerte que el otro.

Cuando la “vulnerabilidad” se nombra como esencial a la condición humana, ella adquiere su verdadero sentido. Entonces, lejos de ser una “debilidad vergonzosa”, es el lugar espiritual desde el cual podemos notar, acompañar y cuidar al otro hasta que crezca o hasta que la herida amparada recobre la fuerza interior para hacer su transito hacia la autonomía.

Cuando el corazón se nos aprieta, el ser interior se nos desgarra o el mundo se nos viene abajo cuando las dinámicas de poder nos obligan a vivir desde la descortesía hasta la traición, desde el acercamiento abusivo con la intimidad física o emocional hasta la muerte pasando por la tortura, desde la negación de un saludo de bienvenida al que llega a nuestro espacio hasta la exclusión que alude al genero, raza o clase social, como explicación para hacer ilegítima nuestra pertenencia a la comunidad humana, es ineludible apreciar que sólo el abrazo genuino, la mano amorosa o la palabra solidaria nos salvarán de la desesperanza.

Cada vez que la soledad es la única compañera de la vulnerabilidad herida, ella se arrincona en lo más profundo del ser interior. Así, sin consuelo ni confianza en el amor, avanzará por la vida del traicionado, del violado, del ignorado, erigiendo defensas que harán del otro un enemigo, con frecuencia escogerá la violencia como único lenguaje posible.

Desde que la humanidad abandonó la vida de recolectores cazadores cooperativos comenzamos a competir por los “territorios”, y de esta suerte inventamos en el otro un enemigo, frente al cual es necesario esconder nuestra esencial e inevitable vulnerabilidad.

Para que la vulnerabilidad nos haga maestros del amor, es imperativo desmontar de nuestra mente y corazón toda propuesta de relación humana que ignore el cuidado de la vulnerabilidad del otro, todo gesto individual o colectivo que construya enemistad. Y, en la otra cara de la moneda, es preciso reparar humildemente a quien hemos dañado y aceptar la compasión cuando somos nosotros los que hemos sufrido.

Recuperar nuestra esencia, como nos invita el papa Francisco, nos solicita bien venir la vulnerabilidad esencial que amorosamente ilumina el camino que nos conecta con los otros.

 

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