Por: Iván Mejía Álvarez

La maldición azul

Las relaciones colombo-venezolanas empiezan a estar muy mal en el fútbol.

La parroquia azul, la ya aburrida y perdedora afición de Millonarios, levantó su voz de inconformidad y despidió al equipo con una sonora rechifla tras la caída ante el Once Caldas. Se había jugado muy mal en la primera etapa y pese a mejor un poquito, apenas un tricito, como dirían  las señoras, al final los gravísimos desencuentros defensivos, errores de bulto, terminaron por costarle a Millos la caída, una más, en este torneo donde ya están colgadísimos y las posibilidades de entrar a las finales son muy limitadas.

La afición levantó su dedo y señaló a Richard Páez como responsable. La verdad, Páez dirigió mal, se equivocó en los cambios y el equipo sigue tan perdido como cuando lo tenían García, Barragán, Bernal y todos los ex que durante los últimos seis años han pasado por allí. Todos ellos fracasados y perdedores.

Páez, un tipo inteligente, culto, con una buena hoja de vida, no es un mercenario y un filibustero de su profesión. Tiene un recorrido y merece el respeto, pero equivocándose domingo a domingo en el planteo y los cambios está poniendo en duda su capacidad y racionalidad para enfrentar este reto.

Lo primero que debe hacer Páez cuando se reúna con el plantel es recordarles un viejo axioma del fútbol: la pelota hay que entregársela al compañero. Los de azul le pasan a los de azul. Millonarios entregó 16 balones a los rivales durante el primer tiempo. Eso es demasiado en un equipo profesional. Entonces, doctor Richard, primera lección a memorizar, entréguenle la bola al compañero, nunca al rival.

Ese error, tan sencillo, tan elemental, de entregar la bola siempre al amigo, también habría que recordárselo a otros jugadores que en este fin de semana regalaron goles porque le daban la pelota al rival. Por ejemplo, el defensor del Pereira que le envía un lindo pase a Mario González y permite el buen remate del bogotano, le costó el partido al Pereira. Y al Cali también le pasó lo mismo cuando Martínez decidió que la bola no era para uno de verde sino para un juniorista, Arango, quien terminó rematando para el 2-2.

No, dejen a un lado los triángulos, las presiones, las automatizaciones, las mecánicas defensivas, todo eso a un lado, hay que volver a las fuentes, al origen primario del juego: la pelota se la entrego a un amigo, nunca al rival.

Richard Páez ya está bajo sospecha. Millonarios también. En los escritorios se está reescribiendo una historia de amor con Venezuela, pero en la  cancha las cosas se están complicando. López sigue por ahí metido en la directiva y está bien claro que mientras ese indeseable sujeto tenga algo que ver con los azules, nunca pasará nada.  Es la maldición de Millos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Iván Mejía Álvarez

Sin folclor

Regularcito

Imer

Bolsillos hambrientos

¿Y el DT?