La maldición del caudillismo

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Los nombres que en su momento justificaron el ejercicio vertical y autoritario de los caudillos latinoamericanos arrastraban connotaciones que hoy, vistos en perspectiva, ayudan a entender su paradójica naturaleza. A la estirpe de Juan Vicente Gómez y de esos dictadores que se instalaron en el poder durante décadas se les llamó “césares democráticos”, “gendarmes necesarios”, “tiranos honrados”. A mediados del siglo XX, el caudillo paulista Adhemar de Barros no se hizo merecedor de un remoquete tan sonoro, pero su efectivo lema de campaña, “Roba pero hace”, arrastraba las mismas connotaciones.

Los caudillos han sido siempre criaturas ambiguas y contradictorias. Dotadas con un enorme poder de mando y de convicción, cautivan a las masas y calman todas sus ansiedades. El caudillo protege, conduce, libera, salva. Al menos consigue que la gente crea que se sacrifica para resolver causas mayores, y que por eso a veces tiene que obrar como un tirano o como un gendarme, o incluso darse licencias con el dinero público o pasar por encima de las leyes. Estos actos, censurables en otros, resultan minucias comprensibles y justificables tratándose de ellos y de la gran obra de construcción, salvación o liberación de la patria que lideran.

Esa adoración cuasi religiosa que despiertan los caudillos ha sido una de las grandes tragedias de la vida republicana en América Latina. Uno se pregunta de qué valió emanciparse de la Corona española, si desde el primer día en que dejamos de ser súbditos hasta el más inmediato presente no hemos dejado de adorar reyezuelos locales, algunos de ellos más iliberales y absolutistas que Fernando VII. La inclinación a depositar todas las esperanzas en estos salvadores es lo que sistemáticamente ha saboteado la implementación de democracias sólidas, con engranajes persistentes, que regulen el acceso al poder y faciliten ciertos consensos sociales, económicos, legales y políticos que eviten ese otro vicio latinoamericano, la refundación periódica de las patrias, causante de enormes desbarajustes económicos e institucionales y de polarizaciones sociales.

Menciono esto porque el furor caudillista vuelve a estar de actualidad en Colombia tras la detención domiciliaria de Álvaro Uribe. “Presidente eterno”, lo llamó Iván Duque, su incauto heredero, un epíteto que también está repleto de connotaciones. Porque un presidente que se eterniza no es un presidente sino un autócrata a quien se le perdona o justifica cualquier acto ilícito, como sobornar y manipular testigos o incluso cosas peores. Eso es lo que piensan miles de colombianos: que Uribe, por haber enfrentado con relativo éxito a esos otros autoproclamados salvadores, los sanguinarios guerrilleros de las Farc, es el Gran Colombiano irremplazable e intocable. Con su devota defensa al caudillo creen estar defendiendo al país, cuando en realidad sólo ayudan a deslegitimar su andamiaje democrático.

En esto España ha demostrado mayor madurez que Colombia. Su rey emérito, que en efecto cumplió un papel fundamental en la consolidación de la transición democrática, cometió posteriormente errores censurables que a nadie se le ha ocurrido exculpar con base en sus aciertos pasados. Es un ejemplo que debería orientarnos. Si un rey debe rendir cuentas de sus actos, ¿por qué debería eximirse a un reyezuelo?

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