Por: Cartas de los lectores

La maldita viruela ya no juega con la salud de nadie

Lo que sí sigue haciendo estragos es el sectarismo político de ciertos elementos que no han querido reconocer a personajes del credo político contrario; menos hacerle el homenaje que se merecen. Casos hay muchos en la historia de Colombia, en los cuales se esconden unas vidas profesionales ejemplares y se destacan otras que a la larga no hicieron nada valioso para sus respectivas comunidades, sino que fueron simplemente buenas personas, ilustres tomadores de trago y, por supuesto, ayudaron a su partido llevando votantes a las urnas, nada más. Pero Va un solo caso, que puedo registrar para que se tenga en cuenta, de esos que han ocultado sin piedad: la vida de Alberto Romualdo Escobar Ballestas. Conocido en su pueblo y departamento como Mando Godo, apodo derivado del nombre de su padre: Godofredo Escobar Peñalosa y no por ser del Partido Conservador; no obstante ser un gran conservador, o godo, como se les decía a los miembros de ese partido en vías de extinción. Afortunadamente.

En verdad que hace falta un programa de salud política para erradicar, al menos de Colombia, el sectarismo político o la intransigencia. Es menester aceptar que otras personas piensan diferente. No importa que se les haya inculcado el odio en las Fuerzas Militares. Y más aun, destacar a ese cerebro y voluntad que, a pesar de haber nacido en un pueblo a orillas del río Magdalena, ocupó destacadas labores en el ámbito internacional. Y de qué manera.

Nacido en Plato el 23 de noviembre de 1914, obtuvo el título de bachiller en el Liceo Celedón de Santa Marta y el de médico en la Universidad de Cartagena, en 1942. Y eso no es nada: sus calificaciones fueron excelentes, y con un promedio de 4,56 en toda su carrera, difícilmente igualado en los treinta años siguientes. Contaban los estudiantes de su época, en la facultad, que cuando había exámenes orales, el salón de clases se llenaba de mirones por las ventanas, pues no se querían perder el momento de la llamada al tablero de Escobar Ballestas, para ver si había un profesor que lo pudiera rajar. No lo lograron.

Obtuvo el doctor Escobar Ballestas su maestría en Ciencias Sanitarias, en la Escuela de Salubridad de México en 1953. La Asociación de Colombiana de Facultades de Medicina (Ascofame) lo distinguió con el título de Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, en 1964.

Para mejorar sus conocimientos profesionales, Alberto Romualdo asistió a un curso de Problemas Nutricionales de la Infancia, en Buenos Aires (Argentina) en 1961. También en São Paulo (Brasil): Teoría y práctica de la Seguridad Social, en 1971.

Practicando su profesión, este plateño se dio el lujo de llenar su hoja de vida con muchas distinciones, iniciando por haber sido médico jefe de la Caja de Previsión Social del departamento del Atlántico en 1948 y 1949. Y el cargo público en el cual permaneció más tiempo fue como director departamental de Salud Pública del Magdalena: 1949-1960.

Y en Bogotá pasó de ser el jefe de la Sección del Niño, en el Ministerio de Salud, en 1961, a jefe de División de los Servicios de Salubridad del Ministerio de Salud, en 1962. En ese lapso fue encargado de la jefatura de la rama técnica del Ministerio de Salud. Entonces, su ascenso en el Ministerio lo llevó a ser secretario general de 1962 a 1965. Y como ministro de Salud encargado, en varias oportunidades, entre 1962 y 1964. Convirtiéndose en el segundo plateño con el cargo de ministro, después de su paisano, primo y gran amigo: Antonio Escobar Camargo, quien fue ministro de Justicia.

Con esos antecedentes, y por su ya reconocida y brillante mente, le quedó fácil ser miembro del Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, de 1964 a 1965, para después llegar pisando fuerte al Brasil como consultor de la OPS-OMS para el Programa de Servicios de Salud del Nordeste del Brasil, Recife (Pernanbuco) 1965-1966.

El destino lo llevó al frente de batalla contra la viruela —lucha que había iniciado al dirigir el programa de erradicación del virus en su natal departamento del Magdalena— como consultor para la Campaña de la Erradicación de la Viruela en el Brasil 1965- 1966.

Antes de llegar a ser profesor asistente del Departamento de Medicina Preventiva de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, en 1969, y después en 1972, como profesor asociado de la Facultad de Medicina del Colegio del Rosario, el doctor Escobar pasó por varias ocupaciones, como representar a su país en distintas reuniones internacionales a nivel ministerial.

Entre sus publicaciones más importantes se hallan: “Estudio realizado en Colombia para establecer una red de programas de adiestramiento en administración aplicable a las actividades de salud”, Bogotá, 1979. Documento propiedad de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los interesados en saber más detalles de este médico de la región Caribe pueden consultar Legislación actual sobre el ejercicio de la medicina y profesiones afines (Ediciones Tercer Mundo, 1964).

Sin duda, un personaje. Hombre humilde, pero de cerebro atento, sabía que su memoria privilegiada le abría el camino a ver de manera libre la vida. Además, y lo más importante: que podía servirles a los humanos sin distinción de clases, razas ni religión. Como buen salubrista, no necesitó que le prendieran velas por salvar vidas. La medicina preventiva fue su pasión.

Contaba en sus muy amenas charlas con el suscrito que de los trabajos que más satisfacción le produjeron en su profesión fue el de haber logrado que en Colombia se implantaran ¡las drogas genéricas! También el haber sido pieza clave para erradicar la viruela en su departamento y en el Brasil. Se sentía a gusto al recordar que escribió “Normas sobre el ejercicio de medicina y el servicio médico obligatorio”, el cual publicó Ascofame en un boletín informativo, en 1964.

Le hubiera gustado ser un investigador de tiempo completo. No tuvo alientos para mostrar sus calificaciones a las universidades norteamericanas, pues su sencillez y humildad, más el sectarismo político, lo amarraron. Los gringos se lo hubieran llevado de una vez y para siempre.

Murió en Bogotá a los 96 años.

David Escobar Gómez. 

Envíe sus cartas a [email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cartas de los lectores

Justicia podrida y maloliente

Nota de protesta de Darío Acevedo

Dos cartas de los lectores

Algunas EPS: espejos de Nicolás Maduro