Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La mano peluda

DE ACUERDO CON LA REAL ACADEmia de la lengua un eufemismo es la manifestación decorosa de ideas, cuya franca expresión sería dura o malsonante. En Colombia hemos hecho de la creación y adopción de eufemismos toda una tradición nacional, un género literario.

La Violencia con “v” mayúscula, por ejemplo, fue el término empleado para suavizar masacres y enfrentamientos partidistas ocurridos durante la primera mitad del siglo XX. “A mis padres se los llevó la Violencia”, afirmó más de uno, como si los miles de muertos hubiesen sido víctimas de una debacle natural y no de un entramado en el que compartieron responsabilidades políticos y funcionarios del Estado, así como miembros crispados de la Iglesia.

Otra expresión que perturba es la de “falsos positivos”, empleada para poner en términos decorosos el asesinato sistemático de civiles por cuenta de militares. “No estarían recogiendo café” fue el eufemismo escogido por el entonces presidente Uribe para expresar (¿de manera sutil?) que pensaba que se trataba de jóvenes desocupados que en cierta medida merecían su suerte.

Y hay otros en la colección. Están “las fuerzas oscuras”, para referirse con melodrama, más no exactitud, a financiadores o perpetradores de homicidios y matanzas; y tenemos también a las famosas “manos negras” —de derecha e izquierda—, que el presiente Santos puso de moda pero que eran una figura simbólica recurrente en la historia de la violencia en Colombia.

En síntesis, desde hace décadas el eufemismo despersonaliza los fenómenos, removiéndoles las caras y apellidos, arrasa con las responsabilidades y convierte los hechos criminales en terremotos o ciclones, en catástrofes inevitables y fuerzas maléficas. Al final, las pérdidas de muchos se vuelven intangibles para gran parte de la población citadina, que acaba imaginando el país en términos de ciencia ficción.

El eufemismo naturaliza fenómenos macabros e injustos. Los normaliza.

 

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