Por: Sergio Otálora Montenegro

La manzana de Jobs

Para mi generación, es un recuerdo borroso, incomprensible: los cuatro muchachitos de Liverpool, ahora convertidos en hombres de barba, pelo largo, que ya no se podían ver ni en pintura, habían decidido mandar al carajo su banda de corazones envenenados. El primero en tomar cartas en el asunto fue Paul McCartney, quien demandó a sus camaradas el 31 de diciembre de 1970. No podía haber escogido un mejor día.

En ese entonces, las noticias llegaban a través de su noticiero Suramericana, los despachos de las agencias internacionales mostraban las imágenes, en blanco y negro, de la noticia que ponía fin, de manera simbólica, al sueño de toda una generación. Para los que aún éramos niños en ese momento, el mito de estos inspirados que cambiaron para siempre la manera de hacer música,  llegó años después, cuando sus canciones dejaron de ser un lejano sonido de infancia, que enloquecía a nuestros hermanos mayores, para volverse materia de culto y nostalgia prefabricada.

Steve Jobs tenía quince años cuando la banda inglesa pasó a mejor vida. San Francisco, donde vivió este joven inquieto,  había sido una fiesta loca, el epicentro de la contracultura, el escenario perfecto para un viaje cósmico de ácido. Los cuatro recién separados, que se estaban odiando con el mismo despecho de los enamorados,  habían creado, dos años antes, el sello discográfico Apple Records. Mucho tiempo después, la manzana de los “fabfour” y la manzana de Jobs entrarían en conflicto, se demandaron y contrademandaron, y juraron darse una lección en los estrados judiciales. Las hostilidades cesaron en 2007. Y la paz definitiva llegó en 2010, cuando el mito de Liverpool, con su música tratada con la magia de la era digital, entró a formar parte de iTunes, esa tienda virtual (diseñada por Jobs para comprar y descargar canciones en el iPod) que se reinventó el negocio de la música.

A pesar de las manzanas de la discordia, Jobs afirmó, en alguna entrevista, que él quería lograr el mismo efecto de los Beatles: cada producto tenía que ser un hito, una exploración, un evento significativo, una nueva forma de ver el mundo. Como en 1967, cuando el sargento pimienta y su banda de corazones solitarios, le quebraron el espinazo al rocanrol: ese disco fue una ruptura con lo anterior, a pesar de que otros ya habían hecho esfuerzos colosales para crear nuevos sonidos, como los Beach Boys (Pet Sounds) y Pink Floyd (The piper at the gates of dawn).

Cuando Jobs empezó su secuencia de grandes innovaciones, ya todo, en cierta forma, se había inventado. Pero el reto estaba en convertir un aparato, que podía ser tan inexpresivo como una aspiradora o una fresa de dentistería, en un hecho cultural y artístico, en el que el usuario tuviera esa sensación rara de adquirir un objeto que le daba algo de felicidad. Con los Beatles y con Jobs, la música y la tecnología se transformaron, además, en un juego, en una caja de sorpresas.

Con la manzana de Jobs, la tecnología se metió en nuestras vidas de una manera tan profunda, que puso todo patas arriba: la manera de comunicarse, de amar, de experimentar el mundo; el tiempo y el espacio pueden cambiar con sólo tocar con el dedo índice una pantalla. Es más: la tecnología dejó de ser un asunto exclusivo de adultos. Nunca antes en la historia de la humanidad,  los adultos habían sido sobrepasados por la destreza tecnológica de los niños.

Para ellos Steve Jobs será,  con el tiempo,  una leyenda, un mito, otra prueba de que las revoluciones más profundas nacen de la intuición, del arte.

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