Por: Columna del lector

La maquinaria tras las editoriales científicas

Por Daniela Campaz Landazabal

Según el Banco Mundial, la cantidad de publicaciones científicas se ha incrementado de manera exponencial desde el año 2000, llegando a la cifra de 2’296.271 para el año 2016, haciendo de la industria de las editoriales científicas, una de las más importantes del mundo, ya que como mencionaba el doctor Young, del National Health Institute: “... si controlas el acceso a la literatura científica es, para todo propósito, como controlar la ciencia”.

Las publicaciones científicas se han convertido en un negocio multimillonario controlado por unas pocas editoriales, requiriendo una mínima inversión económica por parte de estas, ya que todo el trabajo publicado está financiado mayoritariamente por los gobiernos; no hay necesidad de gastar dinero en impresiones físicas, y además es vendida a altísimos precios a las mismas personas que en principio produjeron lo que se está vendiendo. Esto permite generar varios cuestionamientos acerca de cuál es la maquinaria detrás de las editoriales científicas.

En primer lugar, tenemos la creciente ola de “publicacionitis”. Para nadie es un secreto que el prestigio de un investigador y la posibilidad de mantenerse empleado se basa en la cantidad de publicaciones que realiza y en cuáles revistas de impacto lo hace. Esto ha hecho que los científicos produzcan artículos en masa y los moldeen de manera que sean más llamativos para las editoriales, a veces dejando de lado la calidad de la producción o enfocándose en temas complejos, poco aplicables a la realidad y necesidades humanas.

Este problema afecta de manera particular a las divulgaciones científicas realizadas en países en vías de desarrollo, que difícilmente tienen la posibilidad de publicar en revistas indexadas, pues generalmente no poseen los recursos suficientes para someter sus artículos a revisión en estas revistas o son rechazados por su origen o su idioma, ejemplificando así una de las causas de la gran brecha existente entre los países de altos y bajos ingresos en cuanto a la divulgación de conocimiento.

En segundo lugar, tenemos la forma en que se mide la calidad de una revisión científica. En un intento de objetivar y condicionar los lugares donde “se debe” publicar para tener más prestigio como investigador, se creó el Impact Factor, una medida de cuán seguido un artículo científico es citado en un período de tiempo (típicamente dos años) en una revista determinada. Esta medida, hoy por hoy, monopoliza la distribución del conocimiento científico, pues no es sorpresa que las revistas con mayor impacto son comúnmente aquellas controladas por los oligopolios editoriales que, con el fin de aumentar sus ventas, muchas veces condicionan lo que se publica hacia eso que es “llamativo e innovador”, dejando de lado en muchas ocasiones artículos de interés público, que, si bien no serán los más revolucionarios, pueden beneficiar a la humanidad.

Estos dos puntos son apenas el abrebocas de lo que compone el complejo sistema de mercantilización y monopolización del conocimiento científico, que conlleva a un “detrimento del patrimonio intelectual de la humanidad”, por llamarlo de alguna forma, pues está permitiendo que en aras de producir en masa, para alimentar las cuentas bancarias de las editoriales, se consuman artículos poco rigurosos o poco útiles para la humanidad, opacando así el fin último de la ciencia que es el de contribuir a nuestro desarrollo como sociedad. Aún queda camino por recorrer, pues mientras no exista una lucha visible conjunta de la comunidad científica sin subordinación a las editoriales no habrá ningún cambio en el sistema, y en la medida de que existan intereses económicos de por medio, existirán aquellos que se aprovechen a toda costa para obtener el mayor beneficio posible.

*Candidata a Máster en Salud Pública Universitat Pompeu Fabra. Universidad Autónoma de Barcelona.

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2019-08-19T00:00:11-05:00

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