Por: Andrés Hoyos

La marea parda

Es difícil contemplar la virulencia que rodeó a la reciente reforma del sistema de salud americano y presumir que la disputa sea solo sobre una ganancia electoral potencial o sobre dinero. No, allí hay mucho más en juego.

El establishment blanco, anglosajón y protestante, los llamados wasp, constituían hasta hace cincuenta años lo más cercano a una –¿raza?, ¿civilización?–  triunfante sobre la faz de la Tierra. Habían diezmado, arrinconado y luego caricaturizado a los dueños originales del país, le cercenaron a México dos millones de kilómetros cuadrados sin apenas despeinarse y se valieron de esclavos negros para explotar sus plantaciones al menor costo posible.

Ya en el siglo XX cimentaron su poderío planetario con una participación mesurada y eficaz en las dos guerras mundiales que Europa, y luego Asia, se sirvieron decretar a modo de suicidio colectivo. Así, cuando Eisenhower era Presidente, el mundo yacía a sus pies, con la misteriosa excepción de la URSS. Los americanos no tomaban a esta rival a la ligera pero presumían poder vencerla, como vino a comprobarse treinta años después. El país crecía a tasas espectaculares y su vertiente del capitalismo parecía invencible. Yo propongo que esta visión del sueño americano es el telón de fondo sobre el cual se proyectan hoy fenómenos como la reforma al sistema de salud. Los wasp auguran un futuro catastrófico. Temen, con razón, que los tiempos del Destino Manifiesto no volverán.

A despecho de ciertas premoniciones, los wasp no esperaban que la amenaza definitiva para su versión del sueño americano surgiera del caldero local. Se citaba en estos días una estadística significativa: de cada 100 bebés que nacen hoy en E.U., 48 no son blancos, mientras que en 1990 la cifra era de 37. La proporción pronto pasará del mágico 50%, después del cual el parteaguas racial será un hecho consumado: estamos ante la marea parda, el peor temor del establecimiento wasp.

La estratificación política del país es sorprendente: los billonarios, sobre todo los recientes, tienden a pertenecer al Partido Demócrata, quizá porque el dinero a raudales extrae a cualquiera del sesgo estadístico, mientras que los presidentes y altos ejecutivos de las compañías suelen ser republicanos, más que todo por afinidad con la política económica del partido. Los teapartiers pertenecen a las clases media y media alta blancas. Son ellos quienes más amenazados se sienten por la reforma sanitaria de Obama, a la que se oponen de patas y manos.

Lo grave para la clase media wasp es que la reforma da seguridad a dos sectores problemáticos: los pobres y los pardos, ambos graves amenazas a sus ojos. Los primeros porque recibirán subsidios pagados con los odiados impuestos y porque las concesiones a la pobreza desmoralizan a sus huestes acostumbradas a una vida luchada; los segundos porque al adquirir derecho a salud adquieren para siempre certificado de ciudadanía plena, sellándose así la temida sociedad plurirracial. Los wasp saben que reformas como ésta no tienen vuelta atrás y eso los aterroriza.

El triunfo de la reforma, por eso mismo, constituye un golpe fatal contra el fanatismo. Además, la seguridad suele instalar la complacencia en la gente, y a los complacientes no les gusta seguir las guerras. Obama, según esto, se acaba de anotar un triunfo histórico.

PS: escrita mi columna, leo un argumento casi igual al mío, aunque más prolijo, de Frank Rich en el New York Times.

http://www.nytimes.com/2010/03/28/opinion/28rich.html?src=me&ref=homepage

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