Por: Beatriz Vanegas Athías

La masacre como práctica social

Afirma Primo Levi que mientras el concepto subsiste las consecuencias nos amenazan. La historia de las siniestras masacres de Mapiripán, El Aro, la Operación Orión, Chengue, El Salado, Ituango, Tierralta, Barrancabermeja, Bojayá y tantas más realizadas antes y durante los gobiernos de la Seguridad Democrática, debería ser entendida por todos los colombianos como una siniestra señal de peligro.

Pero los conceptos de masacre y genocidio en Colombia han alcanzado sus máximos niveles de terror a partir de la iniciativa estatal de uno de los políticos más nefastos, mezquinos y belicistas que han liderado la vida cultural, educativa y económica, es decir, de Álvaro Uribe Vélez que ha sido capaz de institucionalizar la barbarie como una estrategia para reorganizar (destruir) el tejido social colombiano.

Álvaro Uribe Vélez ha logrado que delitos como las desapariciones forzosas (falsos positivos), el destierro (desplazamiento de millones de campesinos), la expropiación (Agro Ingreso Seguro) y genocidios (masacres) sean considerados por casi diez millones de colombianos como estrategias loables y efectivas para conseguir la paz a través de una falaz reorganización social. La ruptura familiar y psíquica de millones de colombianos que sufrieron lo indecible no es tenida en cuenta por quienes sostienen a este político que ha puesto en jaque el Estado de derecho y la república. El concepto de “mano firme” puede más que la evidencia y comprobación de paramilitares que descuartizaban a padres, hermanos e hijos a plena luz del día; o saber cómo jugaban fútbol con la cabeza de sus mujeres y las violaban enfrente de los hijos; o alimentaban los cocodrilos de las fincas robadas con los mismos dueños; o devolvían (cuando lo hacían) los cadáveres picados en bolsas de basura; o transformaron los cuerpos de agua llamados ríos en vías para que transcurriera la muerte, en vías para que bajaran los innumerables cadáveres.

Este terrateniente que cría búfalos además de vacas y toros en sus tierras de La Mojana porque la carne, al pesar más, vale más, que tiene a su primer círculo de asesores acusados de nexos con el paramilitarismo, entre tantos otros delitos, habla también de una que él llama “economía cristiana” (¿qué contendrá eso?) y propone ahora sin eufemismo alguno que la masacre, el genocidio, es una práctica social viable para mantener el orden ante la protesta social o minga que tiene al país en vilo, como otrora lo hizo para perseguir a la guerrilla. El Twitter donde lo anuncia debería constituir una evidencia judicial para el ya largo prontuario de este mafioso que ha usado (él sí, con éxito a diferencia de Pablo Escobar) la política para apropiarse de la tierra de medio país (¿o del país entero?), como sugirió en algún momento uno de sus más fervorosos seguidores, el sicario alias Popeye.

Álvaro Uribe Vélez, (no creo que en su senectud delirante, ¡no hay tal!) propone la masacre “con criterio social”. El oxímoron de la infamia ha sido creado en Colombia. La experiencia del nazismo y la de la dictadura argentina son un juego de niños ante esto.

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