Por: Julio César Londoño

La materia oscura

HACE OCHO DÍAS VOLVIÓ A ZUMBAR la fuente de poder del gran colisionador de hadrones del Cern, el Centro Europeo de Investigación Nuclear.

Llevaba dos años apagado, como si fuera la planta eléctrica de Buenaventura o un acueducto de Arauca. Como si no fuera el más costoso complejo científico del mundo, el más sofisticado laboratorio de los brujos del siglo XXI.

Como todos saben, incluso los columnistas, el colisionador del Cern es un acelerador de partículas construido en el subsuelo de la frontera franco-suiza. Allí todo es gigantesco. O cósmico. Costó 10.000 millones de dólares de 1954. Produce más información que todas las universidades del mundo juntas. La fuente de poder del acelerador (un túnel de 27 kilómetros de circunferencia) tiene la altura de un edificio de siete pisos. Allí trabajan miles de científicos de 30 naciones. Allí nació otra realidad, la web, en 1989. Allí atraparon al bosón de Higgs en 2012, “la partícula divina” que surgió de la nada una milbillonésima de segundo después del Big Bang, dotó de masa a los ingrávidos fermiones, escribió las leyes del universo en un instante y desapareció para siempre.

En esta nueva etapa, el Cern se ocupará de la composición de la “materia oscura”, una sustancia hipotética y crucial para el destino del universo. Me explico: el efecto gravitacional de la “materia visible” es insuficiente para detener la expansión del universo. Todo indica que vamos hacia la disolución final, hacia una noche eterna y fría y muerta... salvo que la “materia oscura” aporte la masa necesaria para que la expansión se detenga por el freno gravitacional, el universo implosione en un apocalíptico Big Crunch, renazca un día en otro magnífico Big Bang que genere espacio, tiempo, quarks, estrellas, flores y pájaros... y el latido cósmico no se detenga jamás.

Se cree que la “masa oscura” está compuesta principalmente de neutrinos, una partícula levísima: un haz de trillones de neutrinos puede atravesar la Tierra en media décima de segundo sin perder un ápice de su energía, o los ojos del lector sin perturbar su atención.

¿Por qué se apagó la fuente del Cern? Las directivas del Centro han dicho que el complejo estaba en mantenimiento, pero dos años son un lapso muy largo incluso para este monstruo. Los maledicentes creen que al Complejo lo perjudicó mucho el “oso” de 2011, cuando sus investigadores sorprendieron al mundo con la tremenda nueva de que habían detectado haces de neutrinos que se movían más rápido que la luz, un límite infranqueable, como nadie ignora, ni siquiera un lector de periódicos.

Yo creo que es un problema del vil metal. La financiación del Cern puede estar flaqueando porque ya pasó el cuarto de hora de la física. Fue la ciencia estrella del siglo XX gracias al carisma de Einstein, la bomba atómica, la carrera espacial, el modelo electrodébil y la revolución digital.

Pero la física no ha producido en los últimos 50 años un descubrimiento teórico comparable al mapa del genoma. Por esto la biología acapara hoy la atención y los presupuestos. Einstein es un ícono de publicistas perezosos, las bombas son un símbolo del horror y las naves espaciales ya no interesan a nadie (necesitan, con urgencia, la aparición de un extraterrestre de verdad).

La biología, en cambio, parece capaz de todo, y este “todo” roza la inmortalidad. Se ocupa de la vida, una materia más interesante que el átomo, sus noticias generan debates éticos apasionantes y son menos oscuras que los comunicados de los físicos de partículas y, punto clave, recibe la subvención de las multinacionales farmacéuticas.

No hay nada que hacer: la biología será la ciencia del siglo XXI.

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