Notas de buhardilla

La mazorca de la corruptela

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Le tocó renunciar a la ministra de Comunicaciones, pero se presenta su retiro como si ello hubiese obedecido a una decisión voluntaria para buscar mejores oportunidades laborales. No hay tal. La ministra se cayó por cuenta de la accidentada adjudicación del dominio .co, cuestionada por la Procuraduría, razón por la cual la firma del contrato se ha postergado al 8 de mayo. Como el Gobierno tiene grandes intereses en esto, nombró en reemplazo a Karen Abudinen, trashumante de la política, quien deberá decidir si desafía a la Procuraduría firmando tal contrato. Veremos cómo terminan la ministra saliente y la entrante luego de esta multimillonaria aventura que también se ejecutó en los tiempos de Uribe.

El recientemente posesionado ministro de Agricultura, Rodolfo Zea, se inauguró con unos contratos jugosos que serían otorgados a unos poderosos señores terratenientes y esta vez la Fiscalía de Barbosa, con la prudencia que no exhibe en otros casos, anunció que lo vinculará a una investigación penal para que explique su conducta. Pero el ministro es un hombre de buena suerte, porque no le pidieron la renuncia por el hecho de haber sido vinculado a una instrucción penal, como sí ocurrió en otros eventos.

Lo cierto es que el ministro de Agricultura está ahí en el cargo y seguramente perdurará porque todo indica que el asunto en el que lo enredaron, el Gobierno muy pronto será capaz de solucionarlo. Aunque se haya quedado Zea, arrancó muy mal y quedó con plomo en el ala. El Gobierno dejó en el ambiente una señal inequívoca de favoritismo, que recordó el tristemente célebre Agro Ingreso Seguro, sobre todo cuando el presidente de Finagro explicó que los grandes potentados hicieron uso inmediato de estos auxilios porque están mejor informados y tecnificados que los campesinos. Duque se equivocó, no solo por premiar a quienes todo lo tienen, sino además porque en esta ocasión no le entregaron la cabeza del ministro al mediático y perseguidor fiscal Barbosa.

Como para que no haya duda de lo que nos está tocando vivir, ahora nos sorprenden con la novela de que el Gobierno, a través del Ministerio de Defensa, concretó la adquisición de camionetas blindadas para que se transporten Duque y su cohorte, en vez de haber postergado esa cuantiosa operación. Más de $9.000 millones en automotores destinados a la seguridad de altos funcionarios es un exceso, cuando tenemos ejemplos dolorosos de gentes muriéndose de hambre que solamente cuentan con un trapo rojo para colgarlo en las desvencijadas puertas de sus casas, junto a sus esperanzas perdidas de que algún día el Gobierno llegue con una migaja de pan, así aterricen sus voceros con una nube de reporteros interesados en grabar la falsa generosidad oficial.

Y como si hicieran falta más audacias, el Ejército se niega a entregar información para una investigación sobre la compra de tapabocas —no taparrabos—, con el argumento de que es un asunto reservado.

Cuando un servidor público invoca este privilegio de no mostrar los documentos, por lo general no le asiste la razón. Es parte de la conocida estrategia del tapen tapen, que calza con esa otra maniobra de “la ropa sucia se lava en casa”, con la que los hipócritas amparados en la privacidad pretenden atrincherarse contra la verdad que los arrincona. Si eso responden a la autoridad que los vigila disciplinariamente y los puede destituir, fácil resulta suponer lo que nos puede pasar a los ciudadanos comunes al formular peticiones a las siempre resbalosas Fuerzas Militares.

Con esta avalancha de noticias tan desalentadoras comprendí un gesto de algún conocido que no accedió a sumarse a una de las tantas donaciones que por estos días suelen convocarse en los medios, lo cual justificó con la lapidaria advertencia de que no iba entregar plata para que se la robaran otros, como pasa con los impuestos. Lo que en principio parecía tacañería hoy es un consejo prudente.

Adenda. En medio de esta cuarentena supuestamente animada por las aburridas intervenciones diarias del subpresidente Duque por televisión, como si estuviéramos en guerra exterior o conmoción interior, son un alivio y un gratísimo descanso las serenatas de Gerardo de Francisco en tiempos de coronavirus. ¡Dele por ahí, maestro!

notasdebuhardilla@hotmail.com

 

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