Por: Roberto Esguerra Gutiérrez

La medicina interna

El pasado 12 de julio se celebró por primera vez en el país el Día del Internista, organizado por la Asociación Colombiana de Medicina Interna. Desafortunadamente, la mayoría de la gente no sabe qué es un internista e incluso lo confunden con el interno, que es el estudiante, que antes de graduarse debe realizar el internado rotatorio.

Para decirlo de una manera sencilla, el internista es el médico especialista en adultos, así como el pediatra es el de los niños. Por muchos años se lo llamó “clínico”, en contraste con el cirujano. Se ha destacado por su capacidad para realizar diagnósticos certeros en base al análisis de los síntomas, de los hallazgos de un cuidadoso examen clínico y del profundo conocimiento humano de su paciente, apoyado en exámenes y medios de diagnóstico, mediante un proceso de análisis estructurado y metódico. El internista es el especialista mejor preparado para tratar de manera integral a los adultos.

El internista por excelencia fue Sir William Osler (1849-1919), médico canadiense que, nacido en un remoto poblado de Ontario, llegó a los mejores hospitales y universidades de su época, en donde siempre sobresalió por sus cualidades humanas y profesionales. La muerte lo encontró en Oxford, Inglaterra, por una neumonía adquirida en el ejercicio de su profesión. En ese momento tres países se disputaban el honor de su ciudadanía; su nativa Canadá, donde creció; Estados Unidos, donde ejerció la mayor parte de su vida, e Inglaterra, donde vivió sus últimos años y fue honrado con el título de “sir”.

Su famosa oración Aequanimitas, pronunciada en la ceremonia de graduación de la Universidad de Pensilvania el primero de mayo de 1889, dio lugar al libro que lleva el mismo nombre y que fue publicado en 1904. Osler consideró que la ecuanimidad es la virtud que deben tener los médicos y en particular los internistas, y la definió como “imperturbabilidad, compostura y presencia de ánimo en toda clase de circunstancias, la calma frente a la borrasca, la claridad de juicio en momentos de mayor peligro, la inmutabilidad, la impasibilidad, o para emplear un viejo y expresivo vocablo, la flema, no perder la cabeza”. Qué importante es para un paciente que su médico no sea indeciso y no muestre incertidumbre en la hora de tomar decisiones difíciles.

Rasgos muy destacados en su vida fueron el humanismo, que cultivó en forma permanente, y el humanitarismo con que atendió siempre a sus pacientes. Osler enseñó que lo importante no es la enfermedad sino el enfermo: “Los médicos buenos tratan enfermedades, los médicos excelentes tratan a los pacientes que tienen enfermedades”. También decía: “El médico necesita una mente clara y un corazón bondadoso”.

Las enseñanzas de Osler han guiado la especialidad, mostrándole el camino del médico humano, observador, ecuánime, deductivo, culto y dedicado a sus pacientes. Entre nosotros, internistas muy destacados han encarnado esas virtudes, comenzando por José María Lombana Barreneche, generalmente reconocido como el padre de la medicina interna colombiana. También se debe mencionar a sus dos discípulos directos, Carlos Trujillo Gutiérrez y Alfonso Uribe Uribe, así como a Carlos Esguerra, Pablo Elías Gutiérrez, Rafael Carrizosa y tantos otros que han dado brillo a la especialidad.

Hoy, cuando los pacientes padecen un interminable peregrinar de subespecialista en subespecialista, es cuando es más evidente el valor que tiene el internista por su capacidad para atender de manera integral a los adultos. Reconocer su importancia, establecer incentivos para que el país tenga un mayor número de médicos que estudien esta especialidad, son acciones que contribuirán a que tengamos un sistema de salud más humano y eficiente.

 

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