Por: Columnista invitado

La memoria de los zapatos viejos

Puede que los objetos tengan guardada la memoria del mundo entero. Objetos cotidianos como un peluche, unas gafas, unos zapatos viejos, un libro. Objetos abandonados, reliquias para algunos, el ancla que aún amarra a este mundo a quienes se han ido.

Así, caminando entre los tesoros que tienen las librerías de viejo —en el segundo piso del pabellón 6 de la Feria del Libro de Bogotá—, uno se encuentra con este testimonio de una vida que fue o que sigue siendo a pesar de sus pérdidas.

Se trata de la exposición itinerante Relatos de memoria, reconstrucción de un futuro para la paz, el resultado de Museos Escolares de la Memoria y ganadora de la II Convocatoria Nacional de Propuestas Artísticas y Culturales de Memoria 2014.

Parte de lo especial de esta exposición, apoyada por la Dirección de Museo del Centro Nacional de Memoria Histórica, es que surge de la investigación de los estudiantes del colegio Los Nogales y el colegio La Giralda, que ahora son llamados “gestores de paz” por la recuperación de objetos que permitieran reconstruir las voces de las víctimas.

Esto también es la Feria: la posibilidad de que el espectador haga una lectura de lo que ve y lo que ese objeto —libro o no— le hace sentir. Así se encontrará con un avión rojo que cuenta un relato: “Tengo un avión de juguete que me ayuda a recordarlo. Se lo regalaron a mi hermano en la Navidad de 2002. Era su juguete preferido (…) fue con lo único que llegué a Bogotá y lo único que me quedó de mi hermano antes de que lo asesinaran”.

O unos zapatos viejos que guardan la memoria de un camino doloroso: “Recuerdo que Andrés tenía unos zapatos cafés cuando se lo llevaron (…) los hicieron caminar toda la noche (…) a Andrés le dolían mucho los pies y lo único que quería era quitarse los zapatos y descansar”.

En una esquina de la exposición hay una pila de postales en blanco y varios lápices. Una mujer llega, toma un lápiz y escribe la historia de su familia en el campo, de la violencia que le ha tocado vivir. ¿Cuántas veces se habrá repetido esta escena hasta que la grabó en su memoria?

Existe una necesidad, casi vital, de desahogo, de contarle a un ser anónimo ese testimonio, y no porque tenga solución, sino para dejarlo ir, o para guardarlo —como si fuera un objeto— con algo de paz.

 

@julianadelaurel

 

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