Por: Klaus Ziegler

La mente y los límites de la ciencia

Desde que Descartes introdujo la idea del dualismo mente-cuerpo, los filósofos han tratado de resolver uno de los problemas más intrigantes concebibles:

¿Cómo es posible que kilo y medio de una materia blancuzca y gelatinosa dé lugar a una experiencia subjetiva consciente?

Un sencillo experimento mental permite comprender este problema fundamental de la filosofía de la mente. Imaginemos que en una fecha futura, un equipo de hábiles neurocientíficos construye una máquina capaz de sustituir cada neurona del cerebro por un diminuto chip de silicio. Las neuronas son reemplazadas una a una, en estricto orden, y respetando la arquitectura de la red de conexiones del cerebro original. El prodigioso restaurador cerebral garantiza en pocas horas un sustituto fiel de toda la malla neuronal, indistinguible en cuanto a sus propiedades físicas y químicas.

Si como sostienen algunos científicos, el "yo" y sus experiencias subjetivas son solo un subproducto de la actividad electro-química de esta vasta y compleja red de neuronas, entonces, cada vez que se cambie una neurona por su sustituto artificial, la red no se modificará, y en consecuencia mi "yo" permanecerá inalterado durante el procedimiento. Se infiere entonces que cuando mi cerebro haya sido suplantado en su totalidad por uno de silicio, yo no habré dejado de ser en esencia la misma persona que era al comenzar la operación.

Pero supongamos que este restaurador cerebral también funciona como clonador: la máquina es capaz de hacer una cartografía completa del cerebro original, la cual usa para construir una réplica aparte. Si los científicos decidieran usar esta posibilidad para clonar el cerebro del señor Z, ¿qué ocurriría con su "yo"? ¿Permanecería inalterado como en el caso de la suplantación neuronal, o acaso la clonación daría origen a otra consciencia? Y de ser así, ¿qué diferencia podría haber al hacer una copia remplazando una a una las neuronas, o cambiándolas todas de un solo golpe?

El siguiente escenario quizá sirva para ilustrar la diferencia: después de la clonación, y aun atado a la mesa de cirugía, el señor Z puede escuchar con horror cómo en la habitación contigua los científicos revelan el macabro plan mientras se dirigen a su clon: "Señor Z, hubo un inconveniente y decidimos posponer el procedimiento de clonación neuronal unas cuantas semanas. Puede marcharse a casa; estaremos en contacto con usted, y muchas gracias por sus invaluables servicios a la ciencia". El perfecto impostor, otro ser, con otro "yo", vuelve al hogar del señor Z, a su familia, a sus amigos tan convencido como él de ser Z, mientras que el auténtico Z es confinado a vivir aislado en un remoto hospital siquiátrico.

Dos copias digitales de la Novena Sinfonía de Beethoven son la misma sinfonía, y no dos sinfonías distintas. Pero es obvio que nadie admitiría que una copia de su "yo" sea el mismo "yo". Y nadie aceptaría que la inmortalidad se logre clonando el cerebro, de tal suerte que podamos "seguir viviendo en otro" (esta observación bastaría para refutar la reencarnación del alma). Aunque no quedara rastro alguno de mi clonación y murieran sus autores, sería yo el único testigo que podría dar fe de la existencia de un impostor que anda por ahí convencido de ser el señor Ziegler, a pesar de que yo no tendría manera alguna de probarlo.

Neurólogos de la talla del Nobel Gerald Edelman, y algunos filósofos como Daniel Dennet, están convencidos de que no hay tal cosa como un "problema de la consciencia", y que el fenómeno puede explicarse como una propiedad emergente de la propia complejidad del sistema. De otro lado, están quienes creen que los problemas de la percepción subjetiva, o los denominados "qualia", no son susceptibles de ser tratados como fenómenos ordinarios del mundo natural, como la radiación infrarroja o los agujeros negros. Entre quienes conforman esta minoría se encuentra el eminente físico Roger Penrose, y el médico Stuart Hameroff.

Algunos filósofos de la mente coinciden en que la perspectiva positivista que pretende reducir el problema de la percepción subjetiva a una comprensión íntima de la fisiología cerebral es equivocada. Aunque esta posición es muy sensata, ello no implica, como quieren pensar algunos, que se les esté dando la razón a quienes albergan la creencia supersticiosa de un alma que habita el cuerpo y que lo abandona en el momento de la muerte. Es plausible, por simple continuidad evolutiva, que un perro, un gato y muchos otros animales sean seres conscientes, o que inclusive llegue el día en que "un alma pueda emerger" dentro de un software suficientemente complejo. Esto jamás podríamos saberlo con certeza, de la misma manera que no podemos ni remotamente imaginar cómo es el mundo mental de una cualquiera de las criaturas vivientes.

 

 

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