Por: Hugo Chaparro Valderrama

La mentira, la sospecha y la paranoia

En 4 meses, 3 semanas y 2 días (Mungiu, 2007), el drama se basa en la mentira, la sospecha y los extremos de la paranoia.

La mentira entre las amigas, los amantes y sus familias; la sospecha de los recepcionistas de hotel que apenas creen en las palabras de quienes se alojan en sus habitaciones; la paranoia generalizada en la que sobrevivieron, con acrobacias clandestinas, los rumanos durante la dictadura de Nicolae Ceausescu.

Aún peor cuando la situación alrededor de la que explota la suspicacia y el miedo es un aborto. Penado con cárcel en Rumania desde 1966 hasta 1989, el embarazo indeseado de Gabita (Laura Vasiliu) y la ayuda que recibe de su compañera de dormitorio, Otilia (Anamaría Marinca), deciden la evolución de una historia que se desarrolla en el ambiente enrarecido de un país donde el “sálvese quien pueda” era incierto y estaba sometido al estado policial que definía la convivencia.

Sin música, con un color desangelado como la realidad que registran sus imágenes, filmada de manera escueta y directa, a la manera de un reportaje que sigue a los personajes con la inmediatez de las noticias, la película de Mungiu es un testimonio sobrecogedor sobre la ruindad humana, descrita sin sentimentalismos en su exhibición.

Cuando Otilia recorre en medio de la noche los callejones, todo está filmado en claroscuro y la imagen tiembla al ritmo de sus pasos; el lente de la cámara es el ojo del espectador que la acompaña en su angustiante recorrido por el pánico.

El señor Bebe (Vlad Ivanov), es otro dictador, producto de la tiranía de Ceausescu. Su nombre, al menos en español, se presta para un monstruoso cinismo cuando sabemos que se trata del carnicero elegido por las muchachas en el mercado negro de los abortos. Un personaje de temperamento endurecido por la situación y por la mezquindad que lo hace maltratar a los demás para sobrevivir a través de su negocio. Un déspota aún más notable cuando enfrenta la fragilidad de Gabita y la ansiedad desesperada de Otilia. Las humilla con el poder que tiene sobre ellas. Su temperamento se descubre durante la breve escena en la que vemos a la madre de Bebe, como una sombra lejana, regañada y maltratada por su hijo cuando no acata sus órdenes.

Ningún hombre se salva. Y no es gratuito: el padre de la criatura que espera Gabita apenas se insinúa en la película como un personaje ignorante de la situación; el novio de Otilia es posesivo y quisiera adueñarse de la voluntad de su enamorada por la vía de algo tan incierto como el matrimonio o el sexo; los empleados del hotel representan a esa estirpe universal, los burócratas, disfrutando de los obstáculos que son la esencia de su actitud y con los que logran entorpecer las vidas de sus víctimas.

Conocemos a las dos amigas con imágenes en las que se alternan los planos cerrados sobre ellas —aproximándonos visualmente a su sensibilidad y a sus emociones—, con los planos generales que describen el dormitorio universitario y las habitaciones que comparten. La secuencia tiene el aire de lo cotidiano, quebrantado cuando sabemos que las chicas se alistan para su aventura. La fotografía de Oleg Mutu logra, desde el inicio, un registro visual donde no se embellece ni falsea el carácter de una ficción, basada en la crudeza de la realidad. No hay exageraciones melodramáticas que manipulen la emoción del público. El guión, su puesta en escena y la sencillez visual de la película, tienen una elocuencia sobrecogedora y sin retórica. Lo demuestra un plano donde queda en frente nuestro el desenlace del aborto. Sufrimos entonces con los personajes. Mungiu recuerda así que el ser humano, en una situación límite, reacciona de manera primitiva, más aún cuando se encuentra acorralado.

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