La “mermelada” se impone en Dinamarca y en Cundinamarca

Noticias destacadas de Opinión

Netflix ha decidido resucitar Borgen, una serie sobre la dificultad de presidir un país con partidos de distintas ideologías, serie que llevaba siete años sin emitir un nuevo episodio. Según informes de prensa, “Netflix ha firmado un acuerdo con la corporación pública danesa DR para rodar una cuarta temporada de ocho episodios que se podrá ver alrededor del mundo en 2022”. El punto de partida de Borgen era la situación insólita de Birgitte Nyborg, “una candidata a primera ministra de Dinamarca en teoría sin opciones reales de gobernar que, tras un fantástico debate electoral y un caso de corrupción que enturbiaba el rendimiento de los principales partidos, se encontraba encabezando un gobierno de coalición”.

Una de las partes más esclarecedoras de la serie es entender que en toda democracia se cuecen habas. En Estados Unidos, por supuesto, la “mermelada” existe con el divertido nombre de pork barrel politics, o sea “políticas de barril de cerdo”. Los congresistas estadounidenses obtienen fondos del gobierno federal, recursos que a su vez utilizan para financiar proyectos que generalmente no se extienden más allá de la circunscripción del legislador. En el fondo, no pasa de ser un chantaje disfrazado.

En el tema de “mermelada”, Dinamarca es muy parecida a Cundinamarca: en el primero la confitura se repartía de manera selectiva, y en el segundo, a diestra y siniestra. En Dinamarca a los partidos políticos y a sus cabezas se les daba contentillo con ministerios y obras públicas; en Colombia la “mermelada” no se limitaba a ministerios y obras públicas, sino que se repartían las principales instituciones del Estado entre políticos, congresistas, magistrados, medios, periodistas, líderes sociales, sindicatos, etc., ad nauseam

Hay también enormes diferencias que hacen difícil hacer una serie como Borgen en Colombia. Si bien los políticos daneses logran muñequear para obtener ministerios, carreteras u hospitales, estas últimas obras sí se llevan a cabo. En Colombia las obras, en el evento de hacerse, terminaban valiendo tres veces el costo original, por la cantidad de tajadas que había que repartir entre la clase política y la burocracia. Por otro lado, en Dinamarca un escándalo ético, como el mal uso de una tarjeta de crédito oficial, conllevaba a la caída del primer ministro y todo su gobierno. En Colombia, por el contrario, las campañas políticas de uno u otro presidente recibían dinero de narcotraficantes o coimas de una constructora brasileña, y con un simple “fue hecho a mis espaldas” o “me acabo de enterar”, el tema se archivaba sin más discusión. La sentencia del dramaturgo inglés William Congreve en el sentido de que “ni siquiera el infierno tiene tanta furia como una mujer despechada” no tiene aplicación en Colombia. En nuestro país la cólera de los políticos cuando les quitan sus fortines burocráticos hace ver la ira de una mujer despechada como una rabieta pasajera. Hoy, un senador que fue despojado de sus botines burocráticos está convocando a un referendo para revocar el mandato al presidente de la República. Muchos medios, lastimosamente, se hacen los locos o son cómplices con este tipo de bellaquerías.

Apostilla. Es tan grande el mar de coca que dejó como legado el pasado gobierno que, según titulares de prensa europea, “una ‘marea’ blanca de casi 900 kilos de cocaína colombiana muy pura llegó a la Bretaña francesa”.

Comparte en redes: