Por: Manuel Drezner

La metamorfosis

La novela corta de Franz Kafka La metamorfosis fue llamada por el Nobel Elías Canetti “una de las pocas obras perfectas y grandes de la imaginación poética escritas en el siglo” y Nabokov consideró a Kafka como el más grande escritor alemán del siglo XX, al lado del cual otros como Thomas Mann y Rilke no eran sino enanos.

Ciertamente en sus escasas 90 páginas hay un contenido tal que convierte a La metamorfosis en una de las obras más fascinantes de toda la literatura. Por eso había gran expectativa por la versión teatral que presentó el grupo de Islandia Vesturport (en inglés y no en el idioma nativo como se hubiera podido creer) y donde la historia del pobre Gregorio Samsa, que se despierta una mañana convertido en un enorme insecto, se lleva a las tablas con gran fidelidad y es esa fidelidad, la que quizá sea el problema con la adaptación.

La metamorfosis tiene cantidad de niveles de interpretación, que el lector de la novela puede imaginar, desde la freudiana donde todo sucede en la imaginación de los personajes y muestra el rechazo al hijo, hasta la literal, donde efectivamente una persona puede convertirse en insecto, pasando por cantidad de otras posibilidades que van desde la alegoría hasta el simbolismo de lo que sucede. Pero al llevar a la escena la obra todo se convierte en algo literal, sin alternativa alguna y desde luego sin matices. Vemos como un pobre señor se convierte en insecto, como su familia acaba rechazándolo por eso y como cuando finalmente muere, la familia comienza una nueva vida llena de primavera por haberse librado de ese estorbo y la única conclusión posible es que es muy malo para una persona y para su familia que uno de sus miembros se convierta en insecto.

Al quitarse todo el contenido simbólico de la obra, se limita su alcance, así todo sea hecho con brillante juego escénico (con excepción de una musiquita inoportuna que acaba cansando) y con una acrobática e impresionante actuación del protagonista. Por tanto se debe concluir que se puso muy buen teatro al servicio de una pobre adaptación de una obra maestra.

De todas maneras es una excelente iniciativa del Festival permitir ver esta obra, así en la función a la que asistí nos tuvieran a los espectadores helándonos casi una hora al aire libre afuera del Teatro de Bellas Artes, aparentemente porque algún empleado menor no había llegado. Esto es falta de respeto con el público y hay que esperar muy cordialmente que no vuelva a ocurrir.

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