Por: Diana Castro Benetti

La mezcla de la templanza

Mezclar ingredientes es un placer. Son estimulantes los menjurjes que van asociados con el jengibre y con la canela, aunque no todas las mezclas que son agridulces despiertan los buenos afectos.

Pueden ser mixturas que saben a laureles y romeros o que, tal vez, anuncien los picantes del ají y el ajo. Mezclar tiene su truco porque, lleno de inventiva y genialidad, es la posibilidad de una creación en el instante y del suspiro de ser parte de la posteridad. Bien es sabido que si se sigue una receta al pie de la letra se le ponen tentaciones a la aventura y se encarna la sensatez antes de abrirle la puerta a cualquier sabiduría de dioses. Sabidurías que, casi siempre, son la conjunción de los vientos, las sugerencias y los haceres, por lo que resulta prudente agitar un poco más el mezclador antes del siguiente pisco sour.

Y es a punta de gotas y medidas de los ingredientes infinitos que se construye el camino personal. Mucho de esto y poco de aquello, reflexiones y acciones que no tienen más sentido que el de hacer transitar dentro del cuerpo único y propio el arte de dar. Hay mezclas, por ejemplo, que espantan y que ni los ejércitos de fantasmas del más allá pueden socorrer sus ambiciones de dineros y poderes; hay otras que tienen más oración que pasión o más calles agitadas que playas inspiradoras; las hay que bailan, cantan, cocinan y las que vociferan, exigen o hacen doler. Todas son el sello de su autor. Y es en el tarot, un juego de aprendizaje, donde se perciben algunas de estas amplias posibilidades. Como espejo, ofrece visiones con muchas más preguntas que respuestas y que, con su intención de develar, es el esbozo de una realidad. No hay hechizos ni posturas para una lectura de tarot; mucho menos velas o conjuros que ayuden al retorno del ser amado o al ascenso profesional. Los manuales recorren los terrenos de lo obvio y jamás ofrecen solución. Por esto, mezclar los 22 arcanos y las 56 cartas menores es un acto de valentía y homenaje para quien quiere verse a sí mismo. Valentía porque aporta lo que no se quiere ver y homenaje porque es el arte de reconocer la maravillosa complejidad de la conciencia. Siendo un juego, cada combinación de cartas es sólo un borrador de vida.

Y el más alquímico de los arcanos es el número XIV, la Templanza. Ofrece uniones y equilibrios entre lo que se desea y lo que se obtiene, entre el esfuerzo y la pereza, entre el dinero y la conciencia, entre el agua y la luz, entre el comer y el dormir o entre los amores y los desprecios. Porque, vestido de ángel y de pie en medio de soles y praderas, representa el acto de mezclar eso que acerca la tierra con el cielo y la izquierda con la derecha y el agua con el aceite. Ángel violeta y despeinado, recuerda que, con mucho o más bien poco, somos todos forjadores de destinos, propietarios de actos y pensamientos, y maestros invisibles en una cocina que no tiene fogones ni sartenes, pero que sus sabores son siempre los sabores fascinantes de eso que es llamado la voluntad.

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