Por: Héctor Abad Faciolince

La militancia religiosa

Vamos a suponer que yo soy musulmán. Y vamos a suponer que estudié derecho y que me nombran Procurador General de la Nación.

Todo bien hasta ahí; un buen musulmán puede ser también un buen procurador. Pero resulta que yo soy un musulmán muy fervoroso, fundamentalista además, y me gustaría que en mi país se siguieran al pie de la letra las enseñanzas del Corán. Practico la Senda, es decir, la Sharía, y aunque mi país es laico (neutral en materia religiosa) yo quisiera que este adoptara el camino de la sabiduría que enseña la tradición religiosa del Islam.

Como Procurador, trabajo para cambiar las leyes y adaptarlas a mi religión musulmana. Promuevo movimientos para que la homosexualidad se vuelva ilegal y se la castigue con pena de muerte. Aspiro a que el adulterio de la mujer sea considerado algo tan horrendo que la adúltera merezca la lapidación pública. Detesto a los subalternos que toman alcohol fuera de la oficina y contrato únicamente a abstemios militantes, preferiblemente que tengan un callo en la frente de tanto rezar, y que se dejen crecer la barba completa. Sostengo en foros académicos que la única manera de controlar el robo y los atracos es cortándoles la mano derecha a los ladrones. Mando escribir en árabe suras del Corán por las paredes y prohíbo como idolatría cualquier otro símbolo religioso: crucifijos, estrellas de David, menorás, vírgenes, Budas barrigones, Budas sonrientes, santos y santones. Mando circulares mediante las cuales sugiero normas para el atuendo de las mujeres que trabajan en la procuraduría: falda larga y velo que oculte el pecaminoso pelo de la mujer.

Pongo el ejemplo del procurador islámico porque estamos más acostumbrados al fundamentalismo musulmán. Pero sería igual de detestable si este fuera un judío ortodoxo, un ateo militante, un evangélico renacido, un masón de la logia más oscura o un católico recalcitrante. Un ateo al estilo estalinista prohibiría toda creencia y convertiría las iglesias, las sinagogas y las mezquitas en museos de la Edad Oscura, cuando los humanos eran tan brutos que creían en Dios y en la religión. El ateísmo militante puede llegar a parecerse también a una forma de religión al revés. La hoz y el martillo reemplazan al Sagrado Corazón.

Desde los tiempos de las guerras de religión algunos pensadores como Voltaire se dieron cuenta de que la disparidad de opiniones sobre el más allá sería siempre irreconciliable entre los seres humanos. El ateo y el creyente nunca se pondrán de acuerdo en un semidiós. Cuando se nos inculca una creencia desde la infancia, lo más probable es que la mantengamos irracional y acríticamente por el resto de la vida. Los creyentes de cualquier fundamentalismo son impermeables a toda discusión racional que no conduzca a las mismas conclusiones que ellos sostienen desde el principio. Ante tanta discordia algunos filósofos entendieron que la única solución era la tolerancia religiosa: que cada cual crea lo que quiera, y predique lo que quiera, pero que no imponga por la fuerza (o a través de leyes) su propia creencia. Las personas pueden profesar la religión que deseen, pero no deben imponerla al Estado ni patrocinarla desde el Gobierno. Ni siquiera en el caso de que la inmensa mayoría de la población sea islámica, católica, protestante, judía o atea. Decir si existe Dios (y si este se llama Alá, Yaveh, Bachué o Yemayá), o vírgenes, cielo e infierno, no es cosa que deban definir ni el Estado ni los gobiernos. Que lo decida cada cual en su fuero interior, y que pueda ir al templo que le dé la gana, o a ninguno.

El actual Procurador General de la Nación es un católico militante. Está en su derecho. Lo que no puede es tratar de imponer como leyes del Estado las reglas de su religión. Ni convertir lo que él considera pecado, en delito. Ni sus misas en ley, ni sus ayunos, cigotos y diezmos en norma constitucional. Y es lo que pretende: devolvernos a esos tiempos oscuros y terribles de las guerras de religión.

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