Por: Ana María Cano Posada

La mina

LOS 33 MINEROS DEL DESIERTO DE Atacama atrapados 700 metros bajo tierra son un microcosmos irónico: sobreviven ante la mirada de un planeta ansioso de distraerse con el detalle. Habitantes de un infierno subterráneo alimentan a una sociedad adicta a mirar expuesto al prójimo.

A través de tres sondas de 16 cms. se ha creado un Facebook, un periscopio por el que los observadores siguen a los protagonistas de una absurda novela: su propia supervivencia oscura vivida a la luz pública. Un reality que comenzó hace un mes, cuando ocultaron a sus familias que habían quedado atrapados y perdieron seis horas vitales para el rescate.

 A partir del día uno comienza en Chile la carrera del Presidente y el Ministro de Minas por la popularidad, sin saber durante 17 días que los mineros seguían vivos. Y ese día llega el mensaje en rojo por la sonda salida del fondo, de haber logrado lo imposible, dándose raciones de cada 48 horas, con una cucharada de pescado y un trago de leche. Comienza a saberse con palabras escritas o dichas por fibra óptica, cómo se organizan: cómo el líder, que es a la vez el enfermero, distribuye aquellos 40 metros de largo, por cuatro de ancho, por tres y medio de alto, en lugar para dormir y para ejercitarse , junto a una rampa de 100 metros para disponer los desechos. Un orden social en miniatura.

 Entonces comienza a aflorar la incertidumbre cuando se sabe arriba que el rescate no tomará menos de tres meses. Aparecen abajo sus imágenes de topos recibiendo oxígeno a través de las sondas que les llevan comida (primero sintética y luego orgánica), medicinas para las plagas que padecen, catres de lona y medias con hilos de cobre contra la humedad que destroza su piel. También les envían una micropantalla para ver fútbol, llamadas brevísimas de sus parientes y cartas que han sido revisadas porque arriba, un campamento reúne el tinglado de los que manejan como titiriteros este rescate milimétrico. A la vez operan psicólogos, ingenieros, asesores de la Nasa (que recomiendan que abajo tengan día y noche simulados), artistas por turnos (Inti Illimani junto a los que bailan 33 cuecas), o los sobrevivientes de los Andes, 73 días con avalanchas de nieve, alimentándose unos con otros que morían, y ahora ellos suministran autoayuda a borbotones.

 También viven en carpas los familiares, con clima que va del ardor al hielo, ya en ánimo de pelea, con un notario que arregla las cuentas, los amores y separaciones pendientes, junto a periodistas ávidos que crecen este campamento llamado La esperanza. Pero el pueblo de Copiapó no tiene ni un cajero automático y el suministro de víveres sin embargo está surtido de mariscos frescos y otras ofrendas por compungidos chilenos que siguen la novela. Los mismos humanitarios les han donado 15 mil dólares a cada minero, aunque la empresa dueña de la mina no responde.

 Los expertos anticipan cómo actuar ante una apendicitis o un infarto, y preparan a esos seres tan distintos que saldrán a encarar a sus familiares. Proponen entrenarse en oratoria para el acoso de entrevistas que les espera. Trabajan rescatistas de otras latitudes en diseñar las campanas que los arrastrarán desde el fondo, como unos vagones exhaustos hasta el aire libre. Y alguno tiene dolor de muelas. Y así va el segundo a segundo  de esta mina de novela en un mundo perdido en la obsesión por el detalle y la intimidad.

“Que no se nos olvide que esto es un rescate”, se repiten todos, ya un poco delirantes.

 

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