La mina o la vida

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En las manos, y sobre todo en la conciencia, de la ANLA (Agencia Nacional de Licencias Ambientales) hay dos informes técnicos por los que debe decidir si conceder o no el permiso para construir en Jericó y Támesis la mina de cobre y oro Quebradona, de la empresa multinacional AGA (AngloGold Ashanti). Uno de estos informes (o EIA, estudio de impacto ambiental) es de la parte surafricana, es decir, de los mineros que quieren montar el negocio. Su informe es chapucero, encubridor, inexacto y en últimas —por si los tres adjetivos anteriores no bastan— mentiroso. El otro informe lo publicó esta semana una de las empresas más serias, queridas y respetadas por los antioqueños: Comfama. Y su documento es como esa empresa: sobrio, respetuoso, científico, preocupado por el territorio, por el medio ambiente, y en últimas —por si lo anterior no basta— defensor de los derechos de los más vulnerables: la naturaleza, la flora, los animales y la cultura campesina de una región agrícola.

Cuando mi padre era niño mi abuelo lo llevó al Alto de la Mama, en Jericó, y le mostró la vista de una de las regiones más hermosas, dramáticas y conmovedoras de América. Desde una altura de 2.300 metros se veía el majestuoso cañón verde del río Cauca, con más de un kilómetro y medio de profundidad. “Esta es la tierra donde nacimos, y que nos lo ha dado todo; nunca se te olvide”, le dijo el abuelo a mi padre. Cuando yo era niño, mi papá me llevó al Alto de la Mama. Me mostró también el cañón y los ríos y quebradas que bajaban de esas peñas hasta el Cauca: el río Frío, el Piedras, el Cartama, las quebradas La Virgen, La Guamo, Quebradona… Con una solemnidad rara me dijo algo parecido: “Gracias a esta tierra yo pude estudiar medicina; nosotros somos de aquí, no se te olvide”. Y a mí no se me ha olvidado. Cuando mis hijos pudieron caminar desde Palermo hasta el Alto de la Mama, tres horas trepando a pie por caminos de montaña, les hice la misma ceremonia ancestral y casi mágica: “Vivan donde vivan y vayan donde vayan, nosotros venimos de acá y nos debemos a esta tierra: no se les olvide”. Lo que se ve desde allá no es propiedad de nosotros, sino de todos, de muchos.

Si me duele tanto la destrucción que traería la mina de Quebradona a este territorio, mis motivos no son solamente personales. No estoy defendiendo un latifundio de viejos hacendados. La finca de mi abuelo fue partida y repartida entre ocho hijos. La octava parte de mi padre, ya muy pequeña, la conservo con mis hermanas. Ya no se puede partir más y nos aferramos a esa tierra con los dientes, con patas y manos. No queremos que vengan unos mineros de Canadá a destruirnos el paisaje, el agua, los pájaros, los cultivos de naranja, de guanábana, las tres vacas lecheras, los cinco perros y los siete caballos. Esa es la tierra que nos permitió estudiar, leer, escribir, sentir, y no se nos olvida. La vamos a defender hasta que nos muramos.

A esa región del Cartama le dediqué una novela, La Oculta, y de esa región hablan varias novelas de Manuel Mejía Vallejo, entre ellas La tierra éramos nosotros. De por allá es la poesía de Dolly Mejía. Lo mío, como ven, es más sentimental y de la vida, de los afectos. Las cimas de esa región están llenas de tumbas de indios, de guacas, de tesoros arqueológicos. Nuestros antepasados conquistados y humillados sentían lo mismo que nosotros: que esta tierra era mágica y en cierto sentido sagrada. Lo que los científicos saben con datos, los poetas lo saben con las tripas.

Los informes técnicos los tiene la ANLA. En el de Comfama se demuestra que permitir esa primera mina (luego vendrán en serie muchas más) sería acabar para siempre con las aguas, con los pájaros, con la vida salvaje, con el bosque nativo, los cultivos, y con una riqueza natural y cultural únicas. Si la ANLA y este gobierno firman esos permisos, estarán destruyendo una región, un mundo, una cultura única, para siempre. Hay que escoger entre la mina o la vida. Yo escojo la vida.

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