Por: Juan Manuel Ospina

La minería posible

“La izquierda cuando está en la oposición es enemiga de toda minería, pero cuando llega al poder es extractivista”. Así explicó un ex miembro de una de las guerrillas colombianas, buen conocedor de las entrañas y la lógica del poder.

Para muchos sectores de la izquierda  colombiana, minería rima con felonía, con atarbanería, contrario a las políticas de los  gobiernos de la izquierda populista latinoamericana, que ellos tanto admiran. Cuba, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Brasil, Argentina son gobiernos extractivistas,  igualitos en eso a Chile o Perú o Colombia. Es decir, las posiciones maximalistas, principistas, sirven para el discurso de oposición, de denuncia, “ético”, pero son malas guías a la hora de tomar decisiones  al momento de gobernar.

El camino correcto, como sucede  casi siempre en esta vida, no está en los extremos, sino en una posición nacida  de un análisis racional y no emotivo de la realidad, que permita evaluar pros y contras ¿Qué posición tomar frente a la realidad de una  minería, especialmente la del oro, que prácticamente nos arrolló? De un lado están los que solo ven la mucha plata que se generaría. Diciente de esta posición la expresó  el propio Presidente Uribe cuando al referirse al descubrimiento de los yacimientos de La Colosa en el Tolima, afirmó que se había descubierto un nuevo Dorado. El “entusiasmo financiero” ha llevado a tomar decisiones para “no quedarnos por fuera de la fiebre minera”, motivadas  en la  perspectiva de jugosas y rápidas  ganancias, a cualquier costo; el cuadro es el de  un verdadero banquete minero.

Del otro lado, en la eterna polarización colombiana, están  los que solo ven los costos y perjuicios de la minería – ambientales, sociales, de dislocación de economías y sociedades tradicionales, de “saqueo de nuestros recursos naturales” - . Su grito de guerra es un no rotundo, sin atenuantes a la minería, en defensa del agua, de las riquezas naturales, de nuestras comunidades y su cultura, de la patria y la dignidad. Planteado en esos términos la minería, sería en efecto, una maldición bíblica. Lo cual  tampoco es cierto.  

La minería existe y ha acompañado al hombre  desde la noche de los tiempos (Edad de Hierro, Edad de Bronce…) y todo indica que así será hasta el final de esos tiempos. Basta con pensar en un mundo sin metales ni minerales, sin materiales de construcción, sin petróleo, sin yeso y fosfatos y potasio… Es fácil decir “no a la minería” pero imposible concebir  el mundo de hoy, no el imaginado por ciertos ecologistas románticos, sin la minería.

Queda entonces por delante el camino de los acuerdos racionales y razonados sobre qué minería se puede y se debe tener. Ciertamente no puede ser la minería de invasión, “salvaje” que se da en Ataco o en el Dagua o en el Bajo Cauca antioqueño y en los ríos del Chocó.

 Se necesita la pequeña y aún la mediana minería tradicional y artesanal, esté o no  legalizada,  que de tiempo atrás reclama, desde antes del actual boom minero, una especial atención del Estado. Pero Colombia necesita también una minería de escala empresarial  apalancada con inversión extranjera. Gran minería que  tiene  la  ineludible  responsabilidad,  exigible por nuestra autoridad minera, de ser responsable  con el medioambiente y con las comunidades campesinas, contribuyéndole al Estado lo que le corresponde. Una minería que opere de manera diferente al odioso y antisocial  sistema del enclave económico ajeno a la región y desconectado de su entorno socioeconómico, que termina convirtiéndose en actor de primer orden en la vida regional.

No es tarea fácil pero solo así las empresas podrán dejar de ser   percibidas como   forasteras a la comunidad,  amenazantes cuando no francamente intimidantes, para convertirse en   impulsoras  del desarrollo de la región, abiertas a las comunidades asumidas como   socias y  beneficiarias del progreso de la empresa y no como simples aportantes de sus “caritativas migajas” que asumen el rostro de una responsabilidad social empresarial o de estrategia de relaciones públicas.

Hay que desterrar  la  “minería salvaje”, distinta a  artesanal y a la  de gran empresa. Esa si es la minería  depredadora en términos del recurso, del medioambiente y de su entorno socioeconómico.  El ruido de la demagogia y de los pequeños intereses no deja que el asunto se mire  con calma y mucha lógica; mientras tanto  esa minería, en muchos casos criminal,  avanza  incontenible.

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