Por: Yolanda Ruiz

La minga, el presidente y la brecha

Escribo con los ecos todavía de la reunión fallida entre el presidente Iván Duque y los indígenas del Cauca. Esos pocos metros que los separaron son más que una terquedad de las partes como han dicho muchos que ven en el asunto un problema de radicalismos sin fundamento. Depende del cristal con que se mire, se critica al presidente o se critica a los indígenas. Todos hubiéramos preferido ver ese encuentro necesario. Los metros que faltaron son para mí símbolo de un problema mayor al que hemos llegado por cuenta de una desconfianza cultivada por años y décadas.

No es asunto de esta semana. Es una historia hecha de muchos acuerdos pactados e incumplidos, de violencias atravesadas, de vías de hecho y diálogos de sordos. Es la tierra que ha estado ahí en el centro de nuestras múltiples violencias. Es la inequidad, la pobreza, la maldita politiquería que se ha metido para corroer por dentro los legítimos reclamos sociales y que atiza del otro lado a quienes ven como un peligro a todo el que reclama.

Esos pocos metros infranqueables muestran exactamente lo que hoy somos: una Colombia dividida en donde algunos todavía miran por encima del hombro a las comunidades indígenas, como si reclamar derechos fuera un asunto de conceder favores. Como si no nos cobijara la misma Constitución. Una Colombia en donde esas comunidades no acaban de aceptar que la historia ha pasado y reclaman lo inalcanzable. Una Colombia excluyente que estigmatiza al distinto, que no ha encontrado la manera de convivir en la diferencia y que mantiene unas desigualdades inhumanas como si fueran parte del paisaje.

Y en esta minga sí que hemos llegado al extremo: muerte y estigmatización. Algunos, muchos de ellos congresistas, llegaron a calificar como terroristas a todos los indígenas que salieron a protestar. Sí, hubo violencia condenable. Se perdieron vidas que no se debieron perder, pero eso no significa que se pueda tildar de terrorista a toda una comunidad.

En el rechazo a esos hechos de violencia nos deberíamos encontrar todos sin vacilación y no es así porque en Colombia justificamos la violencia de un lado o de otro. Como creemos que hay muertos buenos, como pareciera aceptable la violencia contra el que no me gusta, ni siquiera nos unimos para defender la vida, toda vida, la suya, la mía, la del indígena, la del político, la del líder social, la del empresario, la de la mujer agredida, la del niño violado y sí… la del delincuente que también debemos defender porque como sociedad no hemos decidido tener pena de muerte, entonces esa vida se defiende. Por eso no se pueden justificar las masacres de ninguna manera. El uso legítimo de la fuerza cuando se requiera sí y siempre sí, pero en el marco de las leyes. Y violencia para hacer reclamos sociales no y siempre no porque se desvirtúa el sentido de ese derecho democrático.

Cuando no se condena con total claridad desde las organizaciones sociales la violencia que enturbia su legítima protesta, la brecha se amplía. Cuando se tilda de terroristas a quienes piden que el Estado cumpla con su obligación, se estigmatiza a los manifestantes y le hacemos un favor a esos violentos que están a la caza de oportunidades para generar el caos. Si todos son terroristas, los verdaderos se logran camuflar. Las palabras tienen poder y crean pensamientos colectivos que producen realidades.

La brecha que alejó al presidente de los indígenas no es de pocos metros, es de muchos años de violencia constante de palabra y obra. Es una distancia social, cultural, que nos podría enriquecer si aprendemos a respetar y reconocer la existencia del otro. La desconfianza no es gratuita y es tan grande que impidió transitar unos pocos metros. Desde sus ratoneras los violentos de todos los pelambres sonríen y aplauden mientras la brecha crece.

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2019-04-10T15:26:00-05:00

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2019-04-10T17:09:07-05:00

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