Por: Juan Gabriel Vásquez

La misión de Ratzinger

LA VISITA DEL PAPA RATZINGER A Estados Unidos es, probablemente, el ataque más contundente que la sociedad laica ha recibido de la Iglesia católica en mucho tiempo.

En todos sus aspectos —el momento escogido, los lugares escogidos, las palabras escogidas— el mensaje de Ratzinger fue declaradamente integrista y dueño de niveles de intolerancia que no pueden ser ya de recibo en las sociedades modernas. Cosa que no puede sorprender a nadie: Ratzinger ya les había declarado la guerra a los ideales de la Revolución Francesa, había decretado el fracaso absoluto del racionalismo y establecido que no hay salvación para el hombre fuera de la fe. Desde cierto punto de vista, la encíclica Spe Salvi venía a establecer que la fe —su fe, la fe propugnada desde su doctrina— es la única manera lícita de vivir la vida. Ahora, en Estados Unidos, Ratzinger se ha puesto en la tarea de llevar toda esa teoría a la práctica. Con el momento escogido, los lugares escogidos y las palabras escogidas.

El momento escogido: es año de elecciones, que en Estados Unidos tiene invariablemente una importancia definitiva. La relación entre la Iglesia y el Presidente ha cambiado mucho en cuarenta años: para ser elegido, Kennedy tuvo que comprometerse de manera inequívoca a separar sus creencias religiosas de sus convicciones políticas; hace unos años, en cambio, el candidato demócrata John Kerry fue amenazado de excomunión por anunciar exactamente eso en el tema del aborto. Ahora Ratzinger ha dado sus discursos literal o metafóricamente acompañado por Bush, cuya base política es la derecha cristiana para la cual ‘liberal’ y ‘secular’ son insultos similares a ‘terrorista’.

 El lugar escogido: las apariciones públicas más importantes de Ratzinger han tenido lugar en Nueva York, y en especial en la ONU, donde su mensaje previo llevó a que Ban Ki-Moon, secretario general, le recordara que estaba dentro de una organización secular. Nueva York, sin embargo, tiene otra simbología para la tradición papal, pues es imposible pensar en esta visita sin recordar la visita a la ciudad de Pablo VI en 1965. En su discurso ante la ONU, Pablo VI anunciaba la entrada de la Iglesia en la vida política del mundo entero. Es de ese discurso la definición de la Iglesia como “experta en humanidad”; es de ese discurso la declaración del compromiso de la Iglesia con los pobres del Tercer Mundo. Luego el Tercer Mundo vio cómo la Iglesia perseguía a los teólogos de la liberación y apoyaba sin ambages las dictaduras de Pinochet y de Videla, con lo cual su condición de experta en humanidad quedaba bastante en entredicho. Pero eso es otro tema.

Las palabras escogidas: Ratzinger no dejó lugar a dudas. Todos los matices del discurso iban dirigidos a un objetivo único: desmontar la sociedad laica. “Ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios”, dijo. La idea misma es francamente integrista, comete el viejo error de olvidar que hay una sociedad fuera de la Iglesia católica, y olvida también que la soberanía de Dios, en la vida pública, en la vida de los asuntos temporales, no existe: existe la soberanía del Papa y del Vaticano (que increíblemente es un Estado reconocido).

“No debería ser nunca necesario negar a Dios para disfrutar de los derechos de cada cual”, dijo también. Es una vieja manera de quitar crédito al laicismo, cuya verdadera filosofía es precisamente la contraria: al evitar que el Estado —la vida pública— adopte o prefiera una religión determinada, se logra que el individuo —la vida privada— pueda practicar la religión que quiera libremente. Lo contrario, por supuesto, es el absolutismo moral. Después de Estados Unidos, la conclusión parece evidente: una iglesia desesperada por su pérdida de autoridad ha decidido que la solución está en volverse más autoritaria.

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