Por: Gonzalo Silva Rivas

La misma lluvia

En 1674 el aventurero español Pascual Rovira y Picot arribó a tierras colombianas, penetró las profundas y misteriosas selvas del Chocó y fundó un minúsculo caserío llamado Gioró, localizado varias decenas de kilómetros al sureste de Quibdó. Al pequeño municipio con algo más de 10 mil habitantes se le conoce oficialmente como Lloró debido a la deformación fonética de su nombre vernáculo.

Si de llorar se trata, su denominación no podía ser más acertada. Se ubica en pleno corazón de una región geográfica tropical que forma parte de las estadísticas globales de expertos y científicos e incluso de los récords Guinnes. Es la población más lluviosa del mundo. Las nubes lloran sobre los 905 km2 de Lloró, sus ocho corregimientos y 11 veredas durante los 365 días del año.

Los lloroseños son nativos afrodescendientes e indígenas y están curtidos frente al permanente y abundante lagrimeo del cielo, casi siempre acompañado de tormentas eléctricas, particular fenómeno atmosférico que le ha permitido al emprendedor municipio agricultor y minero, liderar el ranking mundial de precipitaciones anuales con un promedio de 13.300 mm, 12.217 por encima de Bogotá, nuestra lluviosa capital, donde caen 1.083 mm/año.

A Lloró lo secundan las aldeas indias de Mawsynram, con una media de 11.872 mm, y Cherrapunji que ostenta el récord de 22.987 mm de precipitaciones en 1860 cuando los fuertes monzones le formaron su propio diluvio. Bergen, la segunda ciudad de Noruega y la más abundante en lluvias de Europa, acumula 2.350 mm anuales de precipitaciones y tan largo y tedioso es su invierno que hasta hace pocos años las esquinas albergaban máquinas tragamonedas para servicio de paraguas.

Cualquiera pensaría que estos encapotados y borrascosos centros urbanos viven la sequedad del turismo, pero no es así. Bergen, puerta de entrada a los fiordos noruegos, es el sitio más visitado de su país. Mawsynram, centro de peregrinaje por sus milenarias cuevas de espeleotemas, y Cherrapunji, por sus exuberantes valles. Lloró, aunque refundido en la espesura de la selva, sumido en el olvido estatal y blanco de grupos armados ilegales, ofrece un par de atractivos que de cuando en cuando disfrutan los del interior: el río Capá con su afluente Mumbaradó y la hidroeléctrica de La Vuelta.

Cuatro particulares destinos unidos por la misma lluvia. Un fino apunte local de Bergen las sintetiza a todas. El turista pregunta a un nativo si algún día ha dejado de llover y éste responde: “No sé. Sólo he vivido 50 años”.

COLETILLA: Al maestro José Salgar felicitaciones por estos 90 años muy trabajados pero mejor vividos.
 

[email protected]
 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gonzalo Silva Rivas

En alerta roja

Las tierras del cóndor

Un mal sueño

Que le arrastre el ala

Carga de profundidad