La misteriosa desaparición del futuro

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El artista peruano Juan Javier Salazar tiene una obra genial en la que aparecen los presidentes del Perú repitiendo la misma palabra: “mañana”, “mañana”, “mañana”. No sorprenderá a nadie saber que la obra se llama precisamente así: Perú, país del mañana, ni que se trata de una crítica mordaz a las promesas vacuas que hemos oído en boca de toda suerte de políticos. Una promesa que se encadena a otra sin concretarse en nada, así hasta la náusea.

Quizá la palabra “mañana”, o incluso la misma idea de futuro, se desgastó irremediablemente en la boca de tanto demagogo, y quizá por eso ha desaparecido del lenguaje político y ya ni los populistas prometen paraísos futuros. Si se analizan los lemas de Donald Trump y de los brexiters, se observa claramente que no aluden a un futuro promisorio, sino a las certezas del pasado. “Make America great again” habla de volver a ser lo que éramos, y “Take back control” alude a algo que se perdió y que se quiere de vuelta. Tal vez el último que ilusionó con un proyecto hacia el futuro fue Obama, pero hoy… bueno, es como si nunca hubiera existido.

Si Salazar volviera a pintar un cuadro con las mismas intenciones, tal vez tendría que retratar a los líderes mundiales diciendo “ayer”, “ayer”, “ayer”. Hoy es más probable que un político trate de modificar o resignificar el pasado a que intente convencernos de que sus ideas pueden moldear el futuro. El pasado está repleto de injusticias, qué duda cabe, y es más fácil reparar heridas coloniales o dictatoriales con actos simbólicos que mejorar las condiciones de vida de la gente.

En España y en Argentina ha sido bastante claro el esfuerzo de los gobiernos de Pedro Sánchez y de los dos Kirchner por revivir, en pleno siglo XXI, la lucha contra las dictaduras de los años 70. El pasado, con todas sus crueldades y ambigüedades, se ha convertido en un arma muy eficaz en las guerras culturales y en los intentos por controlar o desviar la discusión pública. Nada da más rédito que ganar para sí el rótulo de progresista, y ninguna forma más sencilla de conseguirlo que desenterrando o descolgando cuadros de dictadores muertos. Esto no pasa de ser una performance para la galería, que no cambia en nada las condiciones materiales (otra palabra que ya no se usa, como si Marx tampoco hubiera existido), pero sí afianza las lealtades emotivas: ¡yo jamás estaré del lado de los torturadores!

Es igualmente sintomático que las utopías progresivas que vislumbraban futuros idílicos, justos e igualitarios, hayan sido reemplazadas por utopías regresivas. Su emanación más clara es el decolonialismo, esa corriente teórica que excava en la historia los vestigios de un mundo prístino, purgado de los males del colonialismo. Su meta ya no está en el futuro sino en el pasado. Pretende borrar cinco siglos de contacto con Europa para reivindicar los saberes ancestrales, la clave del buen vivir, lo que en realidad somos. Algo nada fácil de lograr, pero que da para una infinidad de papers.

Esta obsesión con el pasado tiene algo positivo, sin duda. No nos gusta lo que vemos alrededor y buscamos las causas de su mal funcionamiento en el pasado. Perfecto. Pero esto es engañoso. Resulta que a veces los políticos hurgan en el pasado pensando en el futuro. Pero no en el de todos. En el de ellos, sólo en el de ellos.

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