La moralidad del contagio

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“Pero el temor a las consecuencias adversas para la ciudad, a las pérdidas para los hoteles, los negocios y lo que padecería la industria turística en el caso de haber pánico: estos asuntos pesaban más para la ciudad que el amor a la verdad”, dice el narrador de Muerte en Venecia, cuando describe la respuesta de la ciudad italiana a un brote de cólera.

La enfermedad tiene una dimensión moral. No solo por el dilema entre “el amor a la verdad” en contraposición a los efectos negativos que la verdad tenga sobre la economía, sino por otro asunto que ocupa a Thomas Mann en esta novela sobre un hombre maduro que se enamora —en el sentido platónico— de un niño en su pubertad: la manera en que la enfermedad enmarca nuestra relación con el autocontrol; y para Platón, el sabio tutelar de Muerte en Venecia, el autocontrol era el núcleo de la moralidad.

El contagio de COVID-19 tiene también, entonces, una dimensión moral. Hay un juicio moral implícito al contagiado y, en especial, a quien contagia a otros. Para no contagiarse hace falta demostrar autocontrol, mantener una vida ascética, comparable al aislamiento monacal. Quien hace vida social, se reúne con otros y, peor aún, organiza una fiesta está arriesgándose al contagio, y por ello está también cometiendo una falta moral. Contagiarse por ceder a los deseos, en los códigos del 2020, es inmoral. Gustav von Aschenbach, el protagonista de la novela, permaneció en Venecia porque cedió a su deseo platónico por la contemplación estética del joven Tadzio, y murió.

En nuestro caso, la incertidumbre es el detonante no del juicio, sino del prejuicio. En la mayoría de nuestras interacciones, no sabemos quién está contagiado y quién no. Desconocemos quiénes han violado las normas, quiénes tienen menos o más autocontrol. Y caemos entonces a un nivel más perturbador que permea nuestras relaciones cotidianas.

Todas las interacciones humanas durante la pandemia tienen, potencialmente, una proyección moral. La persona con quien tengo una interacción de más de 15 minutos ¿tiene autocontrol, o lo que ahora llamamos, según nuestro higiénico léxico contemporáneo, autocuidado? Determinar si lo tiene o no puede ser, en especial, un prejuicio de clase. Sobre todo ahora, que los focos de enfermedad se han distribuido según la condición socioeconómica. ¿Quién en la escala socioeconómica tiene más autocontrol?

El prejuicio funciona también a la inversa: ¿quién, por viajar cuando la pandemia comenzaba, no lo tuvo y trajo el virus?

Son cálculos que están comenzando a instalarse en la psicología colectiva, y que ojalá se diluyan con la llegada de la vacuna; que no se conviertan, por costumbre o reflejo, en un muro más de la arquitectura del distanciamiento socioeconómico. El peligro está allí.

Esto nos conduce por supuesto a una pregunta paralela: ¿quién puede tener más autocontrol? El control sobre la vida propia, sobre el movimiento —o, ahora, el no tener movimiento— es una medida de la libertad. En la economía de mercado la libertad aumenta en los extremos del espectro. La tienen en mayor medida quienes logran estar al exterior del sistema o en los estratos superiores del sistema. El obrero no puede trabajar desde casa. El vendedor ambulante no puede usar sus ahorros —ese dinero que no está en movimiento— para cubrir sus gastos mensuales. La clase media, envuelta en las exigencias de la deuda y el salario, debe planear sus momentos de libertad. Otro juicio moral adicional, entonces, recae sobre el que no ahorró para sobrellevar esta situación. El que no tuvo el autocuidado para preverla.

Cuando tenemos a otro ser humano frente a nosotros, ¿cómo calculamos la probabilidad de su contagio? ¿Cómo se articulan estos elementos en un juicio sobre su moralidad? La enfermedad se ha instalado también en las evaluaciones que hacemos de los otros. Me preocupa cuánto de esto pueda sobrevivir a la pandemia.

Twitter: @santiagovillach

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