Por: Esteban Carlos Mejía

La moribundez de un animal moribundo

“¿Tú conoces a Consuelo Castillo?”, me pregunta mi amiga Isabel Barragán. “¿Es alumna tuya o qué?”.

Me mira de hito en hito (sic) y suelta una carcajada. Estamos casi al aire libre, en una mesa del Café Quindío, en el centro comercial Santafé Medellín. La cúpula está abierta: sus hojuelas de vidrio y acero parecen las fauces de un reptil extragaláctico. El cielo se ve profundo e intacto.

Cuando acaba de reírse, Isabel me actualiza. Consuelo Castillo no es su discípula. “Es un personaje de El animal moribundo, una novela de Philip Roth, año 2001”. “Ah”, me desilusiono. Con mucho retintín saca el libro. Esta Consuelo Castillo —cubana, hermosa, inquietante— tiene 24 años y es la amante de David Kepesh, cucho de 62 años, profesor de crítica práctica, telecomentarista cultural y algo perverso. Ella es “un buen corazón, un rostro adorable, una mirada al mismo tiempo invitadora y abstraída, unos pechos espléndidos, y tan recientemente salida del cascarón y ya convertida en mujer que observar fragmentos de cáscara adheridos a esa frente ovoide no sería sorprendente”.

¿Las comparaciones son odiosas? Isabel Barragán tiene 33 añitos. También es perturbadora y bonita. Inteligente y pícara, semblante suntuoso, indolente con los hombres, libertaria y desapegada, piel de caramelo y ojos verdes botella. Casada con un ganadero de nueva generación. Lectora voraz, contumaz y sagaz. “¿Por qué te gusta Philip Roth?”, digo. “Porque sus protagonistas son viriles, adultos, heterosexuales, obsesionados por copular y poseídos por libidos feroces e inagotables”. Me quedo mudo. “Y hablan de sexo sin ambages ni aspavientos. Cuentan lo que sienten, intentan explicarse sus vidas desfallecientes de deseo: así se vuelven petulantes, enigmáticos, inaprensibles”. Los labios de Isabel son arqueados y pulposos, como entresacados de una canción de Fito Páez. “Philip Roth no me excita”, dice muy seria. “Philip Roth me sobrepasa, me maniobra, ¡me estalla!”. “¿En las obras de Philip Roth no hay mujeres?”, me intrigo. “¿Cómo se te ocurre, Estebitan? Donde hay varones, siempre hay hembras”. Alzo la cabeza y miro el cielo: azul Medallo, aún sin patentar. “Son mujeres férreas”, dice, “antianoréxicas, con una sexualidad inestable, quizás dichosa o, al menos, copulativa y satisfactoria. Semihistéricas, tenues o, en contraste, altisonantes. En una palabra, inaprensibles”.

Isabel acaricia la carátula del libro. “Las 120 páginas de El animal moribundo son exquisitas. Pero el cine a lo Hollywood las empantanó sin remisión en Elegy, con la tetona de Penélope Cruz en el rol de Consuelo Castillo y el aburrido Ben Kingsley como David Kepesh”. Me entusiasmo más de la cuenta. “¿Penélope Cruz? Así se llama mi bicicleta estática. Yo me le monto treinta minutos diarios a Penélope Cruz y, listo, quedo como un tiro...”. “Como un fierro, querrás decir”, se carcajea otra vez Isabel y con el libro me carpetea en la cabeza, esta pseudoclon de Consuelo Castillo. “¡Ay!”, me quejo con falsedad y le pido prestada la novela. A mí también me maniobra Philip Roth.

Rabito de paja: “No hay coyote ni chacal, no hay hiena ni jaguar / No hay puma ni lobo que no huyan / Cuando el fuego conversa con el aire”. Juan Manuel Roca.

 

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