Por: Héctor Abad Faciolince

La moto: la intocable moto

Como hoy la mayoría de las discusiones se dan en la brevedad y en la rabia de las redes sociales, el otro día puse un tuit a favor de que se aumenten los impuestos (en la ley de Financiamiento) a las bebidas azucaradas y a las motos, en ambos casos por motivos de salud pública que se basan en cifras contundentes. Voy a dejar esta vez a un lado lo de las bebidas azucaradas, que ya me ha traído amargas discusiones con periodistas de RCN. Me voy a concentrar en las motos pues fue a causa de estas que recibí en Twitter las respuestas más iracundas: imbécil, elitista, clasista, ignorante… fueron algunos de los epítetos más suaves. Las redes sociales son alérgicas al eufemismo y todo allí termina a los madrazos.

En el tema de las motos de bajo costo y cilindraje, la industria y el comercio de las motocicletas se da la mano con los políticos de izquierda: ahí se alían, de repente, el capitalismo craso con el populismo rastrero. Los primeros defienden un negocio de cientos de millones de dólares; los segundos defienden —según dicen— al pueblo raso. Los fabricantes hacen cuentas y una sola marca planea ya vender un millón de motos en el año 2022. Al fin y al cabo en los primeros seis meses de este año ya se han vendido más de 300 mil motos, y al paso que vamos el negocio seguirá creciendo a un ritmo maravilloso para el comercio y la industria.

Hago una digresión: en una entrevista con el Nouvel Obs de esta semana el historiador Jacques Julliard, al analizar la revuelta de los chalecos amarillos en Francia (que ha seguido creciendo esta semana, con una ira amorfa alimentada por extremistas de toda índole en las redes sociales), decía algo interesante: así como en la Revolución Francesa el pueblo reclamaba por el precio del pan, los manifestantes de hoy defienden el automóvil. “El pan de hoy en día es el carro”. Cierta clase media marginada ve en el automóvil los motivos de su orgullo, su independencia y su libertad. Si por motivos ecológicos les tocan el precio del diésel, especialmente allá donde el servicio de transporte público es deficiente, surge una rabia sorda que crece en las redes sociales y termina incendiando las calles.

Cuando uno aquí sugiere que las motos paguen peaje o que paguen impuestos, tanto por motivos ecológicos como de salud pública, los caballeros andantes de hoy en día salen a defender a capa y espada sus caballos, es decir, sus intocables motocicletas. Y los que defendemos que todos paguen peajes y más impuestos somos elitistas a quienes nos falta calle y desconocemos las necesidades y las angustias del pueblo. Con la paradójica alianza, ya señalada, entre una parte del comercio y el capital con los políticos de izquierda.

Puesta en estos términos la discusión y la pelea está perdida. En algunos países de Asia, de hecho, esta polémica ya se perdió. Cuando uno ha ido a Yakarta, por ejemplo, y ha podido presenciar el infierno en que se convierte el imperio de las motos (que no haya buses ni metro sino que todo el pueblo se transporte en moto), asiste impotente a una imagen espantosa del futuro que nos espera, y que en algunas ciudades intermedias ya está aquí. Es un círculo vicioso: como el transporte público es insuficiente y caro, como en las mismas paradas de bus y de metro la publicidad te vende la idea de que en moto llegarías antes y más barato, como los políticos de izquierda no dejan tocar los impuestos ni el peaje para el pueblo, ni los de derecha las ventas de las motos, los recursos que podrían gastarse en un transporte público mejor y más barato se van en subsidiar las motos.

A cierta edad, después de todos los insultos, uno se resigna y alza los hombros: está bien, ya ustedes saben lo que quieren. Accidentes, humo, mutilados, muertos, parapléjicos, tetrapléjicos y un sistema de salud arruinado. Si eso es lo que quieren... Uno por suerte ya no estará aquí para tener que verlo: el imbécil, el clasista, el idiota, el elitista tendrá la dicha de estar muerto.

 

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