La muerte aparente de la política

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SE HA REVIVIDO UNA VEZ MÁS LA falsa dicotomía entre políticos y técnicos.

Un intento de extenderle la partida de defunción a un oficio antes sagrado que por haber sido desviado del bien común por los mismos políticos profesionales, deja fuera de base a las nuevas generaciones que no entienden nada.

Alberto Lleras en un discurso pronunciado en el centenario de la posesión de Aquileo Parra, mostraba con la elegancia que lo caracterizaba, ese desdén hacia el profesional de la política alejado de los problemas de la Nación que sólo “escuchaba el tumulto de electores insaciables y el reclamo de clientelas en pos de intereses particulares”. No se refería a los visionarios arquitectos del destino de los pueblos sino a los plomeros de la política menor que administran las aguas negras del sistema y sobre las cuales el edificio de la democracia es precario, opaco y endeble.

En esta columna se recordó hace unos meses cómo Franco impartía órdenes para que sus súbditos no se metieran en política. Porque la política no es necesaria cuando se trata de sumarse al coro de áulicos para que las decisiones se tomen por los pocos iluminados que pueden hacerla. Así la política es banal e insípida porque se vuelve impotente y marginal.

En ese campo sobra la ética porque lo público es un simple pretexto para satisfacer necesidades individuales y clientelares. Los cargos del Estado son botín a ser repartido entre los amigotes y los parientes. De ingrata recordación es la frase de un ex presidente nicaragüense hoy condenado judicialmente, cuando afirmaba que gobernaba con sus familiares porque “si uno no podía confiar en ellos, ¿en quién podía confiar?”.

Hace un siglo Max Weber pronunció la famosa conferencia sobre “La política como vocación” que algunos han traducido como “La política como profesión”. Dicha charla ha sido el punto de partida de muchos debates alrededor de las relaciones entre la ética y la política. Porque unos individuos viven “para” la política y otros viven “de” la política; entendiendo ésta última como instrumento de supervivencia y fuente de ingresos. Pero lo más importante de esa reflexión tiene que ver con la ecuación precisa entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad. En Colombia ha habido poco de la primera y casi nada de la segunda.

En este último equilibrio se encuentra la clave para descubrir de qué tipo de política se habla. Si se trata del ejercicio irresponsable y unanimista alrededor de héroes de la épica clientelista que viven “de” la política; o de la otra política, que es responsable, inclusiva y transparente, fundada en ciudadanos que viven “para” la política. De la primera hay sin duda que apostatar y avergonzarse.

Alguien ha dicho que para entender la sociedad debe examinarse si la retórica coincide con la realidad. Porque la política que debe sepultarse, aun si se disfraza de técnica, es aquella que genera desprestigio porque carece de autoridad moral, tal cual ha sido ejercitada por muchos albañiles de este oficio. Por ello no hay que dejarse engañar por quienes quieren hacer la necrología de la política sin demostrar con hechos que es posible concebirla y practicarla de otra manera.  

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