Miguel Ángel López, el favorito de Lucho Herrera para ganar la Vuelta a España

hace 25 mins
Por: Columna del lector

La muerte de Alan García como acto de libertad

Por Rafael Chavarro Medina

Asistimos a un suceso que conmueve nuestros nichos de juicio, sometidos a conceptos liberales que lo son, solamente, apreciaciones comerciales del intercambio de precios por los actos humanos.

Nos está vedado contemplar el ejercicio político exento de un esquema de intercambio de dinero. Se trasgreden tanto los cánones de convivencia y manejo de recursos públicos, que ya nuestros oídos se incapacitaron para escuchar los clamores de quienes, eventualmente, puedan llegar a actuar con directrices de algún significado altruístico.

Alan García soportó tres décadas de acusaciones que nunca culminaron en condenas. Elegido Fujimori, sin tiempo para detectar delitos e incoar procesos, desencadenó su represión contra un expresidente que debió abandonar la capital, saltando por sobre los tejados españoles de la ciudad de Lima.

No le bastó a Fujimori su dictadura, ni la cooptación judicial, para obtener una condena contra Alan García, porque las tres sucesivas cortes supremas que manoseó hicieron gala de valeroso pudor y se negaron a fallar sin pruebas.

Su último escenario le encontró en el peor de los mundos: dirimir el valor simbólico de su carrera política en una arena no neutral que desoyó durante 30 años su clamor de apoyo colectivo a una labor de gobernante que —más allá de éxitos o fracasos ajenos al objeto de esta columna— le significaron audacias sorprendentes frente a poderosas instituciones internacionales, tanto como le negó juzgarle sin prevenciones y con pruebas que condujeran a un debido proceso.

En su última semana, en medio de rumores ominosos y seguro de la inexistencia de pruebas que lo incriminaran, recibe el INRI de ser convertido en la personificación del crimen, señalamiento que rebasaría su dimensión personal, para trascender al Apra y a la multitudinaria y excluida población pobre del Perú, conceptos que definieron el norte de su vida pública.

Y llega el impresionante acto de la elección: vivir o morir. Alan García se debate entre dos muertes. Preso, sería una atroz final social, político, físico que dejaría sin redención su papel como dos veces gobernante de ese Perú con el que quiso confundirse. Muerto, se elevaría al altar del sacrificio personificando esa catarsis necesaria a esa sociedad que fue corrompida como todas las demás, pero levantaría una bandera de sacrificio y dignidad —oportuna o tardía, aun no lo sabemos— notablemente simbólica que le permitiría en un acto de sacrificio colocarse a la diestra de ese Cristo que justo al día siguiente, estaría en trance de padecer su propia suerte.

En este caso, su sacrificio personal bien podría estar relacionado con un acto de purificación no individual, sino colectivo, como invocación a la tragedia para exorcizar el tremendo conflicto ético en que él y el Perú estaban naufragando.

Creo que su acto final, distinto a una claudicación, magnifica una síntesis y una acción que no están supeditados ni al temor ni a la renuncia, los móviles más usuales del suicidio.

Creo que fue un relevante acto de valor y de plena libertad.

853931

2019-05-06T00:00:06-05:00

column

2019-05-06T00:15:02-05:00

[email protected]

none

La muerte de Alan García como acto de libertad

47

3284

3331

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columna del lector

La maquinaria tras las editoriales científicas

¿Tolerar o reconocer?

Ni ruina será

Puerto Rico y su cátedra de rebeldía

Aclaraciones sobre la peligrosidad del asbesto