Por: Juan Gabriel Vásquez

La muerte de la ironía

EL MARTES PASADO, DOS DÍAS DESpués de la marcha del 20 de julio, Mauricio Pombo publicó en El Tiempo una columna titulada “La farsa del domingo”.

Comenzaba diciendo que todas estas marchas “fueron manipuladas por el imperialismo y la oligarquía colombiana”, y luego incluía entre los manipuladores “la gran prensa burguesa y el capital lacayo financiero”. Compartían la misma opinión, según la columna, “los democráticamente elegidos presidentes de Ecuador, Bolivia y Nicaragua”; los colombianos, según la columna, se veían ridículos vestidos de camiseta blanca; el mal estado de salud de los rehenes, según la columna, había quedado rebatido.

La columna de Pombo, evidentemente, era una parodia, una caricatura. En el último párrafo la caricatura se llevaba tan lejos como puede llevarse: “Propongo una marcha en algún pueblo escandinavo en la que participen Ortega, tres daneses, cinco suizos y otros compañeros que no hayan sido desinformados por los lacayos del imperialismo”, escribía Pombo. Leyendo la columna, llegué a pensar incluso que a Pombo se le había ido la mano subrayando su intención caricaturesca. Todo el ambiente del texto era tan desmedido y tan grotesco que alguien me dijo: “Será para que la gente no crea que habla en serio”. A esa persona le dije que nadie puede creer que la columna es seria, que a la columna sólo le faltaba publicarse en el Día de los Inocentes, en El Trompo o en Semama. Qué preocupante sería, dije, que alguien realmente se tomara en serio esta columna. Y al día siguiente comencé a preocuparme.

Al parecer no sólo varios lectores creyeron que Pombo hablaba en serio, sino que algunos escribieron airadas cartas de protesta contra la columna, el columnista y el periódico. No les sirvió de pista ni siquiera la última frase de la columna: “Nota: Escrito por encargo de Anncol”. Y a Pombo le tocó explicar la caricatura, explicar que él en realidad pensaba todo lo contrario de lo que había escrito, que sólo había querido burlarse de cierto lenguaje “absurdo, anacrónico y totalmente alejado de la realidad”. Aparte de que no hay nada más triste que un chiste que a uno le toca explicar, todo el incidente me ha parecido revelador de un síntoma grave de nuestro momento político: la pérdida de la ironía.

Es grave, y además es elocuente. Hace poco, por ejemplo, el New Yorker salió con una portada en la que Obama aparecía vestido de musulmán fanático junto a su esposa Michelle, que llevaba una metralleta al hombro mientras al fondo se quemaba una bandera de Estados Unidos. Era, por supuesto, una caricatura y una burla de las imbecilidades que ha dicho sobre Obama la extrema derecha norteamericana. Pero muchos partidarios de Obama se tomaron la portada literalmente, se sintieron insultados y se armó un debate que todavía no acaba. También ellos, contagiados por el ambiente de fanatismo que se ha vivido en los dos gobiernos de Bush, perdieron el sentido de la ironía.

Me dirán que exagero, pero cuando uno piensa en los otros ámbitos de la vida donde la ironía no tiene cabida, se encuentra con ejemplos más bien inquietantes: la iglesia o las dictaduras. Ni en la una ni en las otras se permite el humor; en ambas se tiene una interpretación literal de las cosas. Una sociedad que no percibe una ironía tan flagrante como la de Pombo o el New Yorker es una sociedad que ha comenzado a volverse ciega, a ver sólo lo que quiere ver, a dejar de cuestionar lo visto o lo leído. Es una sociedad que ha comenzado a pensar en blanco y negro. Es una sociedad en regresión.

 

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