Por: Manuel Drezner

La muerte de Patrice Chéreau

Una gran pérdida para el mundo de las artes escénicas, pero en especial el de la ópera, fue la muerte reciente de Patrice Chéreau, el gran director escénico y cinematográfico que tuvo a su cargo el montaje de la tetralogía para el centenario de ella en Bayreuth, además de haber dirigido muchas otras óperas, obras de teatro y varias películas, entre ellas la bella Reina Margot.

Chéreau se destacó en ese difícil mundo porque supo dar a sus montajes un toque indudablemente moderno, sin caer en los excesos de esa cosa horrible y de moda que llaman eurotrash. Por ejemplo, en la mencionada tetralogía volvió a la vieja tesis de que la obra en realidad era una crítica social que mostraba la rivalidad entre capital y trabajo, y después de trasladar la acción a la sociedad industrial de fines del siglo XIX mostraba, a través de la acción y de la música, que no se trataba de un simple cuento de hadas, enanos, gigantes y dioses, sino de una obra que podía aplicarse a cualquier época. Todo con un absoluto respeto por las indicaciones escénicas del compositor y mostrando que no es necesario, como tantos creen, hacer algo que se aparta completamente de la concepción del creador y mandar al diablo lo que éste imaginó. Un ejemplo lamentable que vimos aquí de esa presunción fue esa malhadada Carmen, donde el director escénico no parecía haber leído el libreto para su montaje. (El mismo director, a propósito, acaba de destrozar igualmente Fidelio, de Beethoven, en un montaje en Londres que recibió palo unánime).

Volviendo a Chéreau, este gran director afirmaba que la labor del intérprete era esa: servir de puente entre el creador original y el público, sin apartarse de la concepción del artista original para poner sus obras al servicio del ego del intérprete. Fue por eso que sus montajes fueron respetados en cualquiera de las grandes casas de ópera donde se presentaban y público y crítica aplaudían unánimemente las presentaciones de Chéreau. De hecho, el mismo Pierre Boulez decía que él no concebía hacer una ópera sin la colaboración de un artista como Chéreau.

El director se ha ido, pero ha dejado detrás de él un ejemplo de rectitud artística que afortunadamente está siendo imitado por muchos seguidores que saben que no es necesario destrozar una obra para que el ego del director escénico salga a flote.

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