Por: Manuel Drezner

La muerte de Tranströmer

Cuando concedieron el Premio Nobel de Literatura a Tomás Tranströmer, en esta sección cité un elocuente haiku suyo donde decía: Descansa en un estante de una biblioteca de idiotas un libro de sermones que nadie lee.

Se dijo en ese entonces que su obra “tenía un humor sardónico, casi surrealista, en que las imágenes son más importantes que el lenguaje poético”, pero que a pesar de eso en la poesía de Tranströmer se encontraban emociones de alta categoría. Lo que nunca se aclaró en ese momento fue cuál era la biblioteca de idiotas y cuáles eran los sermones que nadie leía. Sin embargo, una serie de comentarios publicados a raíz de su muerte parece que resuelven esto, en el sentido de que de lo que se trataba era precisamente de hacer una pulla a quienes otorgaban el Nobel y que la biblioteca de idiotas era la obra de los académicos suecos, sus compatriotas, que a pesar de tener a su cargo otorgar el más prestigioso premio literario que existe, eran nulidades a quienes todos ignoraban.

Si eso fue así Tranströmer implicaba que el Premio Nobel de Literatura que se le concedió no fue sino un reflejo del sentimiento nacionalista de los miembros de la Academia Sueca que han galardonado en el curso de la historia del premio a ocho suecos y que han ignorado a tantos que nunca ganaron el prestigioso reconocimiento, a pesar de que quizá lo merecieran más. Tranströmer discutía entonces si los méritos de ese jurado eran suficientes como para determinar los logros de los galardonados. Lo cierto es que la historia del Nobel tiene cantidad de omisiones lamentables, y fueron muchos los grandes escritores que fueron ignorados por los académicos, mientras que cantidad de los que lo ganaron han sido caritativamente olvidados. Son pocos los poetas que han recibido el Nobel y uno se pregunta si la obra de grandes como Neruda, Eliot, Juan Ramón Jiménez o Gabriela Mistral sea demasiado apreciada en idiomas diferentes del original.

Tranströmer en el momento de recibir su premio era sin duda un poeta ilustre que para muchos era un ilustre desconocido. Quienes lo leyeron después del Nobel se encontraron con un autor muy de nuestra época (aunque hay quienes le han criticado que nunca haya adoptado una postura política) de brillante imaginación y cuyo lenguaje, muy simple, se prestaba excepcionalmente a la traducción. Pero hay que agregar ahora su valentía al criticar al jurado que habría de hacerlo conocer internacionalmente.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Manuel Drezner