Por: Alfredo Molano Bravo

La muerte de un ciclista

En 2017 han muerto en Bogotá 36 ciclistas; uno de los últimos, Gerardo Romero, fue arrollado por un carro particular subiendo a Los Patios, vía La Calera. El jueves pasado a las siete de la mañana cientos de ciclistas paralizaron el tránsito en protesta. El alcalde Peñalosa —aficionado a subir a pedal pero escoltado— envió a la Policía verde a proteger a los manifestantes.

¿Quién puede negar que montar en bicicleta es una sana costumbre que ayuda a prolongar la vida, que contribuye a disminuir la contaminación y que se ha convertido en el espíritu patrio? No obstante, las cosas se están poniendo delicadas. Peñalosa ha tomado la bicicleta como su caballito de batalla electoral ya que no ha podido hacer nada más. Más aún, sospecho que detrás también hay un negocio: hacer ciclovías por toda la ciudad obstaculiza el tránsito de carros particulares y aumenta el número de pasajeros de Transmilenio, un sistema en el que el alcalde tiene sus propios intereses.

La vía a La Calera se ha vuelto una prolongación de la ciclovía los domingos. Miles de ciudadanos suben jadeantes y bajan desenfrenados. Todos los días desde las cinco hasta las nueve de la mañana la carretera se vuelve a llenar de aficionados y no faltan los que lo hacen de noche y sin luces. Tienen todo el derecho. También lo tienen los miles de personas que se transportan o viven del uso de carros, buses, busetas, volquetas, camiones o tractomulas. De hecho, la vía es también una prolongación de la carrera Séptima al oriente.

La carretera fue construida en 1946 sobre un camino real que comunicaba Bogotá con los Llanos; en 1956 fue rectificada y en 1970, pavimentada. Es una carretera estrecha a la que las construcciones de todos los estratos le han robado la berma. La vía tiene un ancho de 6,30 metros, es decir, cada carril mide 3,15 metros, digamos tres metros si se quita la doble línea amarilla. Es, según sentencia T-287 de 1997 de la Corte Constitucional, “una vía con limitaciones de maniobra, de adelantamiento y problemas de visibilidad”. Si se hacen los cálculos que debería hacer el alcalde, o por lo menos el flamante secretario de Movilidad, por ahí no cabe todo lo que pasa. A saber: un ciclista ocupa un metro; entre este y un vehículo se debe guardar una distancia de 1,50 metros. A lo que hay que sumar el ancho de un carro normal, que es 1,80 metros. Total: 4,30 metros, y eso en el caso de que los ciclistas anduvieran en fila india y no en lote como suelen hacerlo. Es decir: o carro o ciclista. El alcalde proclamó: ciclista.

Y así como muchos de los conductores usan sus vehículos como un arma, los ciclistas en patota se han convertido en una amenaza al derecho de libre circulación de automóviles. Ha dicho que ampliará la subida a Los Patios, como una salida demagógica y populista. No la tiene fácil. Tendrá que negociar con los invasores de la berma —muchos deben ser sus amigazos de club—; tajar una peña dura y empinada y, en medio del agite, impedir que los usuarios de la vía terminen como en el clásico del cine de los años 50 La muerte de un ciclista, de Bardem, en la que todos los personajes terminan muertos. Unos a coñazos y otros a bomperazos. Mientras tanto, todos los usuarios de la vía debemos exigir normas de tránsito para los ciclistas dado que las de los vehículos ya existen, aunque pocos las observen.

 

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